Dios en la Naturaleza por Camille Flammarion

La causa de nuestra decadencia social (decadencia pasajera, porque la historia no puede desmentirse a si misma) está en nuestra falta de fe. La hora primera de nuestro siglo ha sido la del último suspiro de la religión de nuestros padres. En vano se harán esfuerzos para restaurar y reconstruir: al presente no son ya más que simulacros; lo que está muerto, no puede resucitar. El soplo de una inmensa revolución ha pasado sobre nuestras cabezas, derribando nuestras antiguas creencias, pero fecundando un mundo nuevo. Atravesamos en esta edad la época crítica que precede a toda renovación. El mundo marcha. Vanamente la gente política como la de Iglesia se imagina cada una por su parte continuar la representación del pasado sobre una escena empedrada de ruinas; no podrán impedir que el progreso nos arrastre a todos hacia una fe superior, que aun no tenemos, pero hacia la cual caminamos. Y esta fe, es la creencia en el verdadero Dios por las ciencias; es la ascensión hacia la verdad por el conocimiento de la creación.camilleFlammarion

Preciso es estar ciego o tener algún interés en engañarse a sí mismo y en engañar a los demás (¡ay! muchos están en este caso) para no ver y para no explicarse el estado actual de la sociedad pensadora. Porque la superstición ha matado el culto religioso, le hemos abandonado y despreciado; porque el carácter de lo verdadero se ha revelado claramente a nuestras almas, aspiran éstas a un culto puro; porque el sentimiento de la justicia se ha afirmado delante de nosotros, reprobamos hoy las instituciones bárbaras que, como la guerra, recibían no ha mucho los homenajes de los hombres; porque el pensamiento se ha libertado de las trabas que le mantenían junto al suelo, no admite éste ya las tentativas hechas para imponerle la esclavitud, cualquiera ésta sea. En esto, sin contradicción, hay progreso. Pero en la incertidumbre en que estamos todavía, en medio de las turbulencias que nos agitan, percibiendo la mayor parte de los hombres que sus impresiones y sus tendencias más generosas chocan aún fatalmente contra la inercia del pasado, se retiran al silencio, si tienen medios y fuerzas para ello, o se dejan arrastrar por la corriente general hacia la gran atracción de la fortuna.

En las épocas críticas es cuando se despiertan las luchas, luchas intermitentes sobre problemas eternos, cuya forma varia según el espíritu de los tiempos, y reviste sucesivamente un aspecto característico. En nuestra época de observación y experimentación, los materialistas tienen el talento de apoyarse en los trabajos científicos y de parecer que deducen su sistema de la ciencia positiva. Los espiritualistas, por el contrario, creen en general poder cernirse por encima de la esfera de la experiencia y dominar también en las alturas de la razón pura. Según nosotros, el espiritualismo debe, para vencer, medirse hoy sobre el mismo terreno que su adversario y combatirle con las mismas armas. No perderá nada de su carácter. consintiendo en descender a la arena y nada tiene que temer en tentar una prueba con la ciencia experimental. Las luchas empeñadas, los errores que debe combatir, están muy lejos de ser peligrosos para la causa de la verdad: al contrario, sirven para examinar más rigurosamente las cuestiones para discutirlas mucho mejor, y para preparar una victoria más completa. La ciencia no es materialista y no puede servir al error. ¿Por qué el espiritualismo, por qué la religión pura, habían de temerla? Dos verdades no pueden ser opuestas la una a la otra. Si Dios existe, su existencia no podría ponerse en duda ni ser combatida por la ciencia. Por el contrario, tenemos la íntima convicción de que el establecimiento de los conocimientos precisos sobre la construcción del Universo, sobre la vida y sobre el pensamiento, es actualmente el único método eficaz para ilustrarnos sobre el problema, para enseñarnos si la materia reina sola en el Universo, o si debemos reconocer en la naturaleza una inteligencia organizadora, un plan y un destino de los seres.

Tal es, al menos, la forma bajo la cual se ha presentado la discusión a nuestro espíritu perplejo, y se ha impuesto a nuestro trabajo. Abrigamos la esperanza de que esta tentativa de tratar la cuestión de la existencia de Dios por el método experimental servirá al progreso de nuestra época, por que está en relación con sus tendencias características. Satisfechos quedaremos si la lectura de este libro hace penetrar un rayo de luz en los pensamientos indecisos y si después de inclinarse silenciosamente sobre nuestros estudios, se levanta alguna frente con el sentimiento de su verdadera dignidad.

(Del libro “Dios en la Naturaleza“.  Introduccion. Por Camille Flammarion)

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