El Espiritismo y la Guerra – Leon Denis

Octubre, 1914. Desde hace algunos meses se vienen desarrollando acontecimientos espantosos. Un huracán de hierro y fuego se ha desencadenado sobre Europa y las bases de la civilización se han visto sacudidas. Ya no se trata de millares, sino de millones de hombres que chocan unos contra otros en tremenda colisión, en una lucha tal que el mundo no vio jamás otra semejante. Tan grande es el número de vidas humanas sacrificadas que la mente queda estupefacta al pensarlo. Está en juego la suerte misma de las naciones. En ciertas horas trágicas, Francia ha sentido pasar sobre ella un ventarrón de ruina y muerte. A no ser por los auxilios de lo Alto, de no mediar la legión de incontables Espíritus que han acudido desde todos los puntos del Espacio para sostener a los defensores de Francia, aumentar su energía, estimular su coraje e inflamar su ardor, tal vez la nación francesa hubiese sucumbido. Ahora bien, en presencia de tan terrible drama nos preguntamos -como en medio de una pesadilla- qué lección puede extraerse de esos dolorosos hechos.

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Leon Denis

En primer término, hagamos notar que tales acontecimientos habían sido anunciados de antemano. Surgidas de todas partes, abundaban las advertencias y predicciones al respecto. Nosotros mismos sentíamos acercarse la tempestad. Un malestar indefinible invadía nuestras almas. Según lo expresado por un pensador, los grandes acontecimientos que conmueven el mundo proyectan primero su propia sombra.

Sin embargo, los conglomerados humanos permanecían indiferentes. Hacía veinte años que Francia, sobre todo, se había amodorrado en un sueño de bienestar y sensualidad. Los más de sus hijos no tenían ya otro objetivo que el de hacer fortuna y disfrutar de los placeres que ella provee. La conciencia pública, el sentimiento del deber, la disciplina familiar y social, sin los cuales no hay pueblo que sea grande, se iban debilitando cada vez más. Escandalosos procesos revelaban un estado de profunda corrupción.

El alcoholismo y la prostitución, así como el nacimiento de seres enfermizos que de ellos resulta, parecían destinar a la nación a irremediable decadencia. Nuestros enemigos tenían a los franceses por un pueblo acabado, y se aprestaban a repartirse sus despojos. ¿Acaso no nos condenaban a la impotencia las estériles discusiones en que estábamos empeñados? Ahora bien, nuestras divisiones de ejército no eran más que vana apariencia. Pero ante el peligro que amenaza a la patria todos los corazones franceses saben unirse mediante un supremo esfuerzo.

Como en todas las horas solemnes de la historia, igual que en tiempos de Juana de Arco2 , el Mundo Invisible ha intervenido. Bajo el impulso de lo Alto, las fuerzas profundas de la raza, esas fuerzas que en cada uno de nosotros dormitan, han despertado, se pusieron en acción y, con renaciente ardor, han hecho reaparecer a plena luz las virtudes heroicas de los siglos pasados.

Por supuesto que el general Joffre es un meritorio estratega, pero sabemos de buena fuente que sus inspiraciones, sin él saberlo, provienen del Más Allá.

Nuestro país, al que consideraban en estado de descomposición y condenado a desaparecer, mostró al mundo asombrado que un poder incontrastable dormía en él. Bajo el rigor de la prueba y por voluntad superior Francia ha despertado.

Con un impulso soberbio, resuelta a todos los sacrificios, se ha erguido contra un invasor sin escrúpulos, ebrio de orgullo y ávido de establecer en el mundo su brutal y bárbaro dominio.

Piensen lo que quieran los alemanes, hay en el Universo una justicia. No basta tener a cada instante el nombre de Dios en los labios, sino sería mucho mejor guardar sus leyes inmutables en el corazón. No es el derecho una palabra vana y el poder material no significa todo en este mundo. Las mentiras y la perfidia, la violación de los tratados y el incendio de las ciudades, la masacre de los débiles y de los inocentes no pueden encontrar justificación ante la Divina Majestad.

Todo mal cometido se vuelve, con sus efectos, contra la causa que lo produjo. Así, la violación del derecho de los débiles se vuelve también contra los poderes que lo ultrajan. La invasión y devastación de Bélgica y del norte de Francia han hecho que todos nos indignemos y han traído una reacción formidable de las fuerzas invisibles. De las regiones arrasadas ha ascendido hacia el Cielo un grito de angustia, y el Cielo no hizo oídos sordos a esos llamados de la desesperación. Los poderes vindicativos del Más Allá han entrado en acción: ellos levantan a Francia por encima de sus propias fuerzas y empujan a sus hijos al combate. Detrás de los que perecen otros surgirán, hasta que el invasor sienta que su resolución flaquea y que el destino se ha puesto contra él.

Aquellos que han muerto regresan al Espacio con la aureola del deber cumplido: su ejemplo inspirará a las generaciones por venir.

La lección que se desprende de estos terribles sucesos consiste en que el hombre debe aprender a elevar sus pensamientos por sobre los tristes espectáculos de este mundo y dirigir sus miradas hacia ese Más Allá de donde le vendrán los socorros, las fuerzas necesarias para emprender una nueva etapa hacia el grandioso objetivo que se le ha asignado.

Nuestros contemporáneos habían depositado su mente y corazón en las cosas de la materia. Los hechos les han demostrado que en ella todo es inestable y precario. Las esperanzas y glorias que promete carecen de futuro. No hay fortuna ni poder terrenal alguno que esté a cubierto de las catástrofes que puedan sobrevenir. Ninguna riqueza o esplendor es realmente duradero, si no son los del Espíritu inmortal. Sólo él es capaz de transformar las obras de muerte en obras de vida. Pero, para comprender esta profunda ley es menester la escuela del sufrimiento. Así como el rayo de luz debe ser descompuesto por el prisma para producir los brillantes colores del arco iris, de igual manera el alma humana tiene que ser quebrada por las pruebas para que irradie todas las energías y todas las grandes cualidades que en ella dormitan.

En medio de la desgracia, sobre todo, es cuando el hombre piensa en Dios. Tan pronto como las ardientes pasiones suscitadas por el odio y la venganza se hayan apaciguado, y cuando la sociedad retome su normal ritmo de vida, comenzará la misión de los espiritistas. ¡Cuántos duelos habrá entonces que consolar, y qué de llagas morales por curar! ¡Cuántas almas laceradas que reconfortar! Bajo la lenta, profunda y eficaz acción del dolor, incontables seres se tornarán accesibles a las verdades cuyos depositarios responsables somos. Sepamos, pues, aprovechar las trágicas circunstancias que estamos atravesando, y la Providencia sabrá obtener que de ellas resulte un bien para la humanidad.

Todas las almas fuertes que en medio de la tormenta han mantenido su serenidad pedirán, junto con nosotros y con total confianza, que las pruebas sufridas por nuestra nación hagan vibrar en su alma los sentimientos de honor, unión y concordia que son medios poderosos de elevación. Por su intensidad, esos sentimientos podrían reaccionar contra las plagas de la sensualidad, el egoísmo y el personalismo excesivo que se habían erigido en amos en nuestra Francia, sofocando los instintos generosos, siempre prontos a revivir en ella. Que los franceses, raza inteligente y caballeresca, con las manos tendidas y los corazones abiertos, vuelvan a ser un motivo de admiración y un ejemplo viviente que todos los países se complacerán en seguir…

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