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Image Courtesy of Victor Habbick at freedigitalphotos.net

El Materialismo. Por Allan Kardec

Por una aberración de la inteligencia hay personas que sólo ven en los seres orgánicos la acción de la materia y relacionan con ella todos nuestros actos. No han visto en el cuerpo humano más que la máquina eléctrica. Sólo estudiaron el mecanismo de la vida en el funcionamiento de los órganos. Han presenciado con frecuencia cómo se extinguía la vida por la ruptura de un hilo y sólo vieron ese hilo… Buscaron, por si quedaba algo, y como no encontraron sino la materia, que se había tornado inerte, no vieron el alma escaparse de aquélla y no pudieron aprehenderla, por lo que concluyeron en que todo residía en las propiedades de la materia y que, por tanto, después de la muerte, el pensamiento se reducía a la nada. Triste conclusión, si así fuera, porque entonces el bien y el mal no tendrían sentido, al hombre le asistiría la razón al no pensar más que en sí mismo y poner por encima de todo la satisfacción de sus goces materiales. Los vínculos sociales se romperían y lo propio sucedería con los más nobles afectos. Felizmente, estas ideas están lejos de ser generales. Incluso se puede afirmar que se hallan muy circunscritas y representan sólo opiniones individuales, porque en ninguna parte han sido erigidas en doctrina. Una sociedad que se basara sobre tales cimientos llevaría en sí misma el germen de su disolución y sus miembros se destrozarían recíprocamente, como bestias feroces.

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El ser humano posee por instinto la convicción de que para él no todo termina junto con la vida. La nada le horroriza. En vano se han resistido los hombres al pensamiento del porvenir, pues cuando el supremo instante les llega, pocos dejan de preguntarse qué será de ellos. Porque la idea de dejar la vida para siempre tiene algo de desgarrante. En efecto, ¿quién podría afrontar con indiferencia la perspectiva de una separación absoluta, eterna, de todo lo que amó? ¿Quién sería capaz de ver sin pánico abrirse ante él el inmenso abismo de la nada, adonde irían a sumergirse para siempre todas sus facultades y esperanzas?, y decirse: “¡Y qué! Después de mí, nada, sólo el vacío; pronto no quedará huella alguna de mi paso por la Tierra; incluso el bien que haya realizado será echado al olvido por los ingratos que me lo deben; y ¡nada para compensar todo eso, ninguna otra perspectiva que la de mi cuerpo roído por los gusanos!”

¿No tiene este cuadro algo de horroroso y glacial? La religión nos enseña que no puede ser así y la razón nos lo confirma. Pero esa existencia futura, vaga e indefinida, no posee nada que satisfaga nuestro apego a lo positivo, y es esto lo que en muchas personas engendra la duda. Tenemos un alma, admitida. Pero ¿qué es nuestra alma? ¿Posee ella una forma o apariencia? ¿Es un ser limitado indefinido? Unos dicen que constituye un soplo de Dios, otros que es una chispa, y los hay también que la conceptúan una parte del Gran Todo, principio de la vida y de la inteligencia, pero ¿qué nos enseña todo esto? ¿De qué nos sirve poseer un alma si después de la muerte ella se confundirá en la inmensidad, al modo de las gotas de agua en el océano? ¿Acaso la pérdida de nuestra individualidad no equivale a la nada, para nosotros? Se afirma asimismo que el alma es inmaterial, pero una cosa inmaterial no podría tener proporciones definidas, de modo que para nosotros esto no significa nada. También nos enseña la religión que seremos dichosos o desventurados, según el bien o el mal que hayamos hecho. Pero ¿en qué consiste esa felicidad que en el seno de Dios nos aguarda? ¿Se trata de una beatitud, de una eterna contemplación, sin otra cosa que hacer fuera de entonar loas al Creador? Las llamas del infierno ¿son una realidad o apenas un símbolo? La propia Iglesia las interpreta en esta última significación, mas ¿cuáles son los sufrimientos que allá padeceremos? ¿Dónde está ese lugar de suplicios? En pocas palabras, ¿qué se hace y se ve en ese mundo que a todos nos espera? Dicen que nadie ha vuelto de él para revelárnoslo. Es este un error, y la misión del Espiritismo consiste precisamente en ilustrarnos acerca de ese porvenir, hacer que hasta cierto punto lo toquemos con el dedo y lo veamos con nuestros propios ojos, no mediante el razonamiento, sino por medio de los hechos. Gracias a las comunicaciones espíritas esto no constituye ya una presunción, una probabilidad sobre la cual cada uno de nosotros pueda tejer sus fantasías, y que los poetas hermoseen con sus ficciones o siembren imágenes alegóricas que nos seduzcan: la que se nos muestra es la realidad, porque son los mismos Seres de ultratumba los que acuden a nosotros para describirnos su situación y contarnos lo que están haciendo, permitiéndonos asistir –si así vale decirlo- a todas las peripecias de su nueva vida, y mostrándonos por ese medio la suerte inevitable que no está reservada, conforme a nuestros méritos o malas acciones. ¿Hay en esto algo de antirreligioso? Muy por el contrario, ya que los incrédulos encuentran en ello la fe y los tibios un acrecentamiento de su fervor y confianza. El Espiritismo es, por tanto, el más poderoso auxiliar de la religión. Y por serlo, Dios lo permite, y lo permite para reanimar nuestras tambaleantes esperanzas y conducirnos a la senda del bien mediante la perspectiva del porvenir.

Tomado del Libro de los Espiritus, Capitulo II. El Materialismo.

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Materialism by Allan Kardec

There are those who, through an aberration of the intellect, can see nothing in organized beings but the action of matter, and attribute to this action alt the phenomena of existence. They have seen, in the human body, only the action of an electrical machine they have studied the mechanism of life only in the play of the bodily organ”‘; they have Often seen life extinguished by the rupture of a filament, and they have seen nothing but this filament. They have looked to see whether anything stilt remained, and as they have found nothing but matter that has become inert, as they have neither seen the soul escape from the body nor been able to take hold of it, they have concluded that everything is reducible to the properties of matter, and that death is consequently the annihilation of all thought. A melancholy conclusion, if such were really the case for, were it so, good and evil would be alike devoid of aim every man would be justified in thinking only of himself, and in subordinating every other consideration to the satisfaction of his material instincts. Thus all social ties would be broken, and the holiest affections would be destroyed forever. Happily for mankind, these ideas are far from being general. Their area may even be said to be a narrow one, limited to the scope of invidious opinions; for nowhere have they been erected into a system of doctrine. A state of society founded on such a basis would contain within itself the seeds of its own dissolution; and its members would tear each other to pieces like so many ferocious beasts of prey.

Man has an intuitive belief that, for him, everything does not end with the life of his body; he has a horror of annihilation. No matter how obstinately men may have set themselves against the idea of a future life, there are very few who, on the approach of death, do not anxiously ask themselves what is going to become of them for the thought of bidding an eternal adieu to life is appalling to the stoutest heart. Who, indeed could look with indifference on the prospect of an absolute and eternal separation from all that he has loved? Who, without terror, could behold, yawning beneath him, the bottomless abyss of nothingness in which all his faculties and aspirations are to be swallowed up forever? Who could calmly say to himself, “After my death there will be nothing for me but the void of annihilation; all will be ended. A few days hence, all memory of me will have been blotted out from the remembrance of those who survive me, and the earth itself will retain no trace of my passage. Even the good that I have done will be forgotten by the ungrateful mortals whom I have benefited. And there is nothing to compensate me for all this loss, no other prospect, beyond this ruin, than that of my body devoured by worms!”

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Is there not something horrible in such a picture, something that sends an icy chill through the heart? Religion teaches us that such cannot be our destiny; and reason confirms the teachings of religion. But the vague, indefinite assurance of a future existence, Which is all that is given us either by religion or by reason, cannot satisfy our natural desire for some positive proof in a matter of such paramount importance for us and it is just the lack of such proof, In regard to a future life, that, In so many cases, engenders doubt as to Its reality.

“Admitting that we have a soul,” many very naturally ask, “what is our soul? Has it a form, an appearance of any kind? is it a limited being, Or is it something undefined and impersonal? Some say that it is ‘a breath of God:’ Others, that it is a spark’ others, again, declare it to be ‘part of the Great Whole, the principle of life and of Intelligence.’ But what do we learn from these statements? What is the good of our possessing a soul, if our soul is to be merged in immensity like a drop of water in the ocean? Is not the loss of our individuality equivalent, so far as we are concerned, to annihilation? The soul is said to be immaterial; but that which is immaterial can have no defined proportions, and therefore can have no reality for us. Religion also teaches that we shall be happy, or unhappy, according to the good or the evil we have done; but of what nature are the happiness or unhappiness thus promised us in another life? Is that happiness a state of beatitude in the bosom of God, an external contemplation, with no other employment than that of singing the praises of the Creator? And the flames of hell are they a reality or a figure of speech? The Church itself attributes to them a figurative meaning but of what nature are the sufferings thus figuratively shadowed forth? And where is the scene of those sufferings? In short, what shall we be, what shall we do, what shall we see, in that other world which is said to await us all?”

No one, it is averred, has ever come back to give us an account of that world. But this statement is erroneous: and the mission of Spiritism is precisely to enlighten us in regard to the future which awaits us to enable us, within certain limits, to see and to touch it, not merely as a deduction of our reason, but through the evidence of facts. Thanks to the communications made to us by the people of that other world, the latter is no longer a mere presumption, a probability, which each one pictures to himself according to his own fancy, which poets embellish with fictitious and allegorical images that serve only to deceive us it is that other world itself, in its reality, which is now brought before us, for it is the beings of the life beyond the grave who come to us, who describe to us the situations in which they find themselves, who tell us what they are doing, who allow us to become, so to say, the spectators of the details of their new order of life, and who thus show us the inevitable fate which Is reserved for each of us according to our merits or our misdeeds.

Is there anything anti-religious in such a demonstration? Assuredly not since it furnishes unbelievers with a ground of belief, and inspires lukewarm believers with renewed fervor and confidence.

Spiritism is thus seen to be the most powerful auxiliary of religion. And, if it be such, it must be acknowledged to exist by the permission of God, for the purpose of giving new strength to our wavering convictions, and thus of leading us back into the right road by the prospect of our future happiness.

From the Spirit’s Book by Allan Kardec, Chapter II. Materialism.

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