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Se Conoce al Cristiano por sus Obras

NO SABEIS LO QUE PEDIS

Mateo 20

20Entonces vino a Él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, adorándole y pidiéndole algo. 21Y Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Concede que en tu reino se sienten estos mis dos hijos, el uno a tu mano derecha, y el otro a tu izquierda. 22Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís: ¿Podéis beber la copa que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Ellos le dijeron: Podemos. 23Y Él les dijo: A la verdad de mi copa beberéis, y seréis bautizados con el bautismo que yo soy bautizado, pero el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.

24Y oyéndolo los diez, se indignaron contra los dos hermanos. 25Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos autoridad. 26Mas entre vosotros no será así, sino que el que quisiere ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor, 27y el que quisiere ser el primero entre vosotros, sea vuestro servidor; 28así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

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LOS QUE DICEN SEÑOR! SEÑOR!

Todos los que confiesan la misión de Jesús, dicen: ¡Señor! ¡Señor! ¿Pero de qué sirve llamarle Maestro o Señor, si no se siguen sus preceptos? ¿Son acaso, cristianos los que le honran por actos exteriores de devoción, y veneran al propio tiempo al orgullo, al egoísmo, a la ambición y a todas sus pasiones? ¿Son, acaso, sus discípulos aquellos que pasan días rogando, y, sin embargo, no son ni mejores, ni más caritativos, ni más indulgentes para sus semejantes? No, porque, como los fariseos, tienen la oración en los labios y no en el corazón. Con la forma pueden imponer a los hombres, pero no a Dios. En vano dirán a Jesús: “Señor, hemos profetizado, es decir, enseñado en vuestro nombre, – hemos comido y bebido con vos”; él responderá: “No sé quiénes sois; apartaos de mí los que obráis la iniquidad, vosotros que desmentís vuestras palabras con vuestras acciones, que calumniáis a vuestro prójimo, que despojáis a las viudas y cometéis adulterio; apartaos de mí, vosotros cuyo corazón destila la ira y la hiel, vosotros que derramáis la sangre de vuestros hermanos en mi nombre, que hacéis correr las lágrimas en vez de enjugarlas. Para vosotros habrá lágrimas y crujir de dientes, porque el reino de Dios es para aquellos que son dulces, humildes y caritativos. No esperéis doblar la justicia del Señor con la multiplicidad de vuestras palabras y de vuestras genuflexiones; el sólo camino que tenéis abierto para encontrar gracia ante El es la práctica sincera de la ley de amor y de caridad”. Las palabras de Jesús son eternas, porque son la verdad. No sólo son la salvaguardia de la vida celeste, pero también la prenda de la paz, de la tranquilidad y de la estabilidad en las cosas de la vida terrestre; por esto todas las instituciones humanas, políticas, sociales, religiosas, que se apoyen en esas palabras, serán estables como la casa que se construye sobre la peña; los hombres las conservarán porque encontrarán en ellas su felicidad; pero aquellas que fueren su violación, serán como la casa construida en la arena; el viento de las revoluciones y el torrente del progreso las arrastrarán.

SE CONOCE AL CRISTIANO POR SUS OBRAS

  1. “Los que me dicen: Señor, Señor, no entrarán todos en el reino de los cielos, mas sólo aquel que hace la voluntad de mi padre, que está en los cielos”.

Escuchad estas palabras del maestro todos los que rechazáis la doctrina espiritista como una obra del demonio. Abrid vuestros oídos; el momento de escuchar ha llegado. ¿Basta llevar la librea del Señor para ser un fiel servidor? ¿Basta decir: “Soy cristiano”, para seguir a Cristo? Buscad a los buenos cristianos y los encontraréis en sus obras. “Un buen árbol no puede dar mal fruto, ni un mal árbol puede dar buen fruto. Todo árbol que no da buenos frutos es cortado y echado al fuego”. Estas son las palabras del Maestro; discípulos de Cristo, comprendedlas bien. ¿Cuáles son los frutos que debe dar el árbol del cristianismo, árbol poderoso cuyo ramaje copudo cubre con su sombra una parte del mundo, pero que no ha abrigado aún a todos los que deben agruparse a su alrededor?

Los frutos del árbol de la vida son frutos de vida, de esperanza y de fe. El cristianismo, tal como lo ha hecho desde muchos siglos, predica siempre esas divinas virtudes, procura esparcir sus frutos, pero ¡cuán pocos lo cogen! El árbol es siempre bueno, pero los jardineros son malos. Han querido cultivarlo a su modo, han querido modelarlo según sus necesidades, y lo han achicado y mutilado; sus ramas estériles no darán malos frutos, pero no dan ninguno. El viajero que tiene sed y se para bajo su sombra para coger el fruto de la esperanza que debe darle la fuerza y el valor, sólo ve ramas áridas que hacen presentir la tempestad. En vano pide el fruto de vida al árbol de la vida; las hojas caen secas, ¡el hombre las ha manoseado tanto, que las ha quemado!

¡Abrid, pues, vuestros oídos y vuestros corazones, queridos míos!

Cultivad este árbol de vida cuyos frutos dan la vida eterna. El que lo ha plantado os invita a cuidarlo con amor, y vosotros le veréis aún dar con abundancia sus frutos divinos. Dejadlo tal como Cristo os lo dió; no lo mutiléis; su sombra inmensa quiere extenderse por todo el universo; no recortéis sus ramas; sus frutos bienhechores caen en abundancia para sostener al viajero sediento que quiere llegar al fin; no recojáis estos frutos para encerrarles y dejarles podrir y que no sirvan para nadie.

“Muchos son los llamados y pocos los escogidos”; es que hay acaparadores para el pan de la vida, como los hay muchas veces para el pan material. No seáis de este número; el árbol que da buenos frutos debe esparcirse por todas partes. Marchad, pues, a buscar a aquellos que están sedientos; conducidles bajo las ramas del árbol y compartid con ellos el abrigo que os ofrece.

“No se cogen uvas”, hermanos míos; alejaos, pues, de aquellos que os llaman para presentaros los abrojos del camino, y seguid a aquellos que os conducen a la sombra del árbol de la vida. El divino Salvador, el justo por excelencia, lo ha dicho y sus palabras no faltarán. “Aquellos que me dicen: ¡Señor, Señor!, no entrarán todos en el reino de los cielos, sino sólo aquellos que hacen la voluntad de mi padre, que está en los cielos”. Que el Señor de bendición os bendiga; que el Dios de luz os ilumine; que el árbol de la vida derrame sobre vosotros sus frutos con abundancia. Creed y rogad. ( Simeón. Bordeaux, 1863).

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¿POR QUÉ EXISTES?

Me parece que es para que tus descendientes se inicien en esos mundos desconocidos. Existes porque para la humanidad hay una gran esperanza. El universo, el vasto universo sería incomprensible si no fuésemos más que hijos del acaso. Todo parece demostrar que la inteligencia ha venido constantemente desarrollándose y propagándose por sobre la superficie de la Tierra. Ahora bien, si nuestras ciencias no fuesen más lejos que nuestra Astronomía, nuestra Física, nuestra Fisiología actuales, hubiera costado, realmente, para llegar penosamente a ese pobre resultado, un inmenso esfuerzo de muchos millones de siglos y de muchos miles de miles de seres vivos. Pero no estamos en el término postrero de nuestro desarrollo porque el futuro de la ciencia es casi ilimitado. Hace cien años, cuando murió Curvier, no se conocía ni la electricidad de inducción, ni la síntesis química, ni los microbios, ni la fotografía, ni el teléfono, ni las ondas hertzianas, ni la radio, ni la aviación, estando las ciencias ocultas entregadas a las pitonisas y a las hechiceras. Por tanto, no se puede prever en absoluto lo que nos espera dentro de cien años, ¡y con más razón dentro de mil! Tenemos, pues, derecho a intentar las más aventuradas experiencias. ¡Cuántos mundos misteriosos, fuerzas invisibles (quizá inteligentes) están en torno a nosotros; qué horizontes espléndidos nos son descortinados! Hagamos una comparación. ¿Será que una hormiga, que deambula en un hormiguero, puede adivinar que hay trasatlánticos y teatros, parlamentos, tribunales, electrones y estrellas? Seguramente somos más inteligentes que una hormiga, pero del universo inmenso que nos rodea no sabemos mucho más que ella.

Charles Richet

                       Charles Richet

Con toda seguridad hay fuerzas diferentes de las conocidas hasta ahora y estudiadas por los sabios. Que podamos conocerlas un día es otra cosa. Digo solamente que hay fuerzas misteriosas, quizá innumerables, en torno a nosotros. No hemos agotado la lista de las fuerzas mundiales. Tales y Protágoras ya pensaban haberla agotado, como más tarde Abelard y Scott y, todavía más tarde, Descartes y Newton. Pese a su talento, Tales, Protágoras, Abelard, Scott, Descartes y Newton se equivocaron. A pesar de que somos bastante inferiores a esos grandes hombres, teniendo más prudencia que ellos, osamos decir que hay una probabilidad formidable, casi certeza, de que mundos desconocidos vibran a nuestro alrededor. Y el segundo argumento, el argumento experimental, es mucho más poderoso aún, y sería preciso ser desoladoramente ciego para no aceptar lo que proclaman la observación y la experiencia. El mundo mecánico, expresado por los Matemáticos, producido por los Ingenieros, descrito por los Físicos y Fisiólogos, no lo es todo. Existen fuerzas mecánicas completamente desconocidas que pueden ser aplicadas (ridículamente, lo confieso) en condiciones inhabituales sin que podamos encontrar una única explicación verosímil. Lo inhabitual existe, hay ectoplasmas, telekinesias, levitaciones, fantasmas, lucidez, premoniciones. Entonces, dos hipótesis (ambas inverosímiles) se presentan. Pero no veo una tercera por si fuese imposible adoptar una u otra. O entonces la inteligencia humana es capaz de milagros. Llamo milagros a los fantasmas, a la lucidez, a las premoniciones. Por tanto, si otrora hubo nómadas y erizos marinos, fue para que hubiese un hombre futuro, más sagaz, más inteligente que el hombre actual que, aprovechándose de las pesquisas de sus ancestros, es decir, nosotros, descubra quizá la causa profunda por la cual él ha aparecido, ¡por la cual tú existes, oh amigo mío! Con todo, hoy, esas ideas sobre el futuro humano y el engrandecimiento de nuestro pensar parecen a la mayoría de los hombres (y principalmente, lamento decirlo, a los sabios), fantasías y sueños.  ¡Sea! Pero lo que nadie podrá contestar es que la ciencia clásica, metódica, la ciencia de las Universidades y de las enseñanzas oficiales, hará progresos maravillosos. Aunque nada esperemos de lo inhabitual metapsíquico, nuevas verdades se descubrirán en lo habitual. Tengamos el coraje de pensar que nuestra Física, nuestra Astronomía, nuestra Geología, nuestra Fisiología, principalmente nuestra Medicina, aún permanecen en una infancia primitiva. Nada sabemos del mundo inhabitual. Pero, asimismo, poco sabemos del mundo habitual, mecánico, banal, en el cual nos movemos. El enorme progreso de la ciencia y la llegada de un hombre superior, es un futuro que tenemos el derecho de aguardar. Y es por ese futuro que los poderosos instintos de la conservación para la vida del individuo y la prolongación para la vida de la especie han sido dados a todos los seres vivos. No es el acaso, quizá no sea más que una ley. ¿Por qué existes? Pregunté al comenzar. Y ahora resumo: Para vivir y para tener hijos. Porque si la humanidad se prolonga, como hay mundos inauditos, enormes, inverosímiles por conocer, esos mundos serán (por lo menos parcialmente) conocidos, pues la prolongación de la humanidad será acompañada de un aumento de la inteligencia. Por tanto, existes para que tus hijos sepan. Si ellos saben, encontrarán el medio de ser felices. No es solamente tu deber, es además tu esperanza. Reflexiona bien sobre esto: actuando así, pensando así, te convertirás en el constructor, no solamente de la felicidad de tus hermanos, sino además de tu propia felicidad. Líbrate de los servilismos dolorosos de la vida, engrandécete y, cuando llegue la muerte, podrás adormecer (para despertar, sin duda) en plena serenidad.

Tomado del libro “La Gran Esperanza” por Charles Richet. 1933

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