Monthly Archives: April 2015

Hablando de Espiritismo por Allan Kardec

  1. El deseo muy natural y muy laudable de todo adepto, deseo que todo sería poco para alentar, es el de hacer prosélitos. Con la mira de facilitar su tarea, nos proponemos examinar aquí la marcha más segura, según nosotros, para alcanzar este objeto, a fin de ahorrarles esfuerzos inútiles. Hemos dicho que el Espiritismo es toda una ciencia, toda una filosofía; aquél que quiera reconocerla seriamente, debe, pues, como primera condición, dedicarse a un estudio serio, y persuadirse que, más que ninguna otra ciencia, no puede aprenderse jugando. Ya hemos dicho también, que el Espiritismo toca todas las cuestiones que interesan a la Humanidad; su campo es inmenso, y sobre todo debe considerárselo por sus consecuencias. La creencia en los Espíritus forma de él sin duda la base, pero no basta para hacer un espiritista ilustrado, como la creencia en Dios no basta para hacer un teólogo. Veamos, pues, de qué manera conviene proceder en esta enseñanza para conducir con más seguridad a la convicción. No deben asustarse los adeptos por esta palabra enseñanza; la enseñanza desde la cátedra o de la tribuna no es la única; hay también la de la simple conversación. Toda persona que quiere persuadir a otra, ya por la vía de las explicaciones, ya por la de las experiencias, también enseña; lo que nosotros deseamos, es que su trabajo dé fruto, y para esto creemos deber dar algunos consejos, de los cuales podrán igualmente aprovecharse aquellos que quieran instruirse por sí mismos; aquí encontrarán el medio de llegar más pronto y con más seguridad al objeto.
  2. Se cree generalmente, que para convencer basta mostrar los hechos; esto parece en efecto la marcha más lógica, y sin embargo, la experiencia enseña que no es la mejor, porque se ven muchas veces personas a quienes los hechos más patentes no convencen de ningún modo. ¿En qué consiste? Esto es lo que nos proponemos demostrar. En el Espiritismo, la cuestión de los Espíritus es secundaria y consecutiva; no es el punto de partida, y aquí precisamente está el error en que se cae, y que muchas veces hace fracasar ante ciertas personas. Los Espíritus no siendo otra cosa que las almas de los hombres, el verdadero punto de partida es la existencia del alma. ¿Pero cómo puede admitir el materialista que haya seres que vivan fuera del mundo material, cuando cree que él mismo no es sino materia? ¿Cómo puede creer en Espíritus fuera de él, cuando no cree tener uno? En vano se acumularían a sus ojos las pruebas más palpables, pues las negaría todas, porque no admite el principio. Toda enseñanza metódica debe proceder de lo conocido a lo desconocido; para el materialista lo conocido es la materia ¿partid, pues, de la materia y procurad ante todo, haciéndosela observar, de convencerle que en él hay alguna cosa que escapa a las leyes de la materia; en una palabra, “antes de hacerle” Espiritista, “procurad hacerle” Espiritualista; pero para esto es necesario otro orden de hechos, una enseñanza enteramente especial, a la cual se debe proceder por otros medios; hablarle de los Espíritus antes que esté convencido de tener un alma, es comenzar por donde debería acabar, porque no puede admitir la conclusión si no admite las premisas. Antes, pues, de emprender el convencer a un incrédulo, aun por los hechos, conviene asegurarse de su opinión con relación al alma, esto es, si cree en su existencia, en su supervivencia al cuerpo, en su individualidad después de la muerte; si su contestación es negativa, sería trabajo perdido hablarle de los Espíritus. He aquí la regla; no decimos nosotros que sea sin excepción, pero entonces es que hay probablemente otra causa que le hace menos refractario.
  3. Entre los materialistas, es menester distinguir dos clases: en la primera ponemos todos aquellos que lo son por “sistema”; entre éstos no es la duda, es la negación absoluta, razonada a su manera; a sus ojos el hombre no es más que una máquina que marcha mientras está montada, que si descompone, y sólo queda de ella después de la muerte el esqueleto. Su número es felizmente muy restringido, y no constituye, en ninguna parte, una escuela altamente reconocida; no tenemos necesidad de insistir sobre los deplorables efectos que resultarían para el orden social de la vulgarización de semejante doctrina: nos hemos suficientemente extendido sobre este objeto en el Libro de los Espíritus (núm. 147 y conclusión § III). Cuando hemos dicho que la duda cesa entre los incrédulos en presencia de una explicación racional, es necesario cuando menos exceptuar de ellos a los materialistas, aquellos que niegan toda potencia y todo principio inteligente fuera de la materia; la mayor parte se obstinan en su opinión por orgullo, y creen que su amor propio está obligado a persistir: persisten por y contra todas las pruebas contrarias, porque no quieren quedar debajo. Con estas gentes no hay nada que hacer; tampoco es conveniente dejarse sorprender por el falso semblante de sinceridad de aquellos que dicen: hacedme ver y creeré. Los hay que son más francos y dicen claramente: vería y no creería.
  4. La segunda clase de materialistas, y de mucho la más numerosa, porque el verdadero materialismo es un sentimiento antinatural, comprende a aquellos que lo son por indiferencia, y se puede decir “a falta de otra cosa mejor”; no lo son con propósito deliberado, y su deseo es el de creer, porque la incertidumbre es para ellos un tormento. Hay en ellos una vaga aspiración hacia el porvenir; pero este porvenir se les ha presentado bajo unos colores que su razón no puede aceptar; de ahí la duda, y como consecuencia de la duda, la incredulidad. Entre éstos la incredulidad no es, pues, un sistema; presentadles alguna cosa racional, y la aceptan con anhelo; éstos pueden comprender-nos, porque están más cerca de nosotros de lo que ellos mismos creen; con el primero no habléis ni de revelación, ni de ángeles, ni de paraíso, no os comprenderán; pero colocándoos sobre su terreno, probadle desde luego que las leyes de la fisiología son impotentes para dar razón de todo; lo demás vendrá en seguida. Otra cosa sucede cuando no se tiene opinión preconcebida, porque entonces la creencia no es absolutamente nula; es un germen latente, oculto y oprimido por malas yerbas, pero que una chispa puede reanimar; es el ciego a quien se le vuelve la vista, y se llena de gozo cuando puede volver a ver la luz; es el náufrago a quien se le echa una tabla de salvación.
  5. Al lado de los materialistas propiamente dichos, hay una tercera clase de incrédulos, que aunque espiritualistas, al menos de nombre, no son por eso menos refractarios: estos son los “incrédulos de mala voluntad”. Les sabría mal el creer, porque esto alteraría su quietud en los goces materiales; temen ver en ello, la condenación de su ambición, de su egoísmo y de las vanidades humanas, de las que hacen sus delicias; cierran los ojos para no ver y se tapan las orejas para no oír. No puede hacerse otra cosa si no compadecerles.
  6. No hablaremos sino de memoria, de una cuarta categoría que llamaremos la de los “incrédulos interesados o de mala fe”. Estos saben muy bien a qué atenerse sobre el Espiritismo pero, ostensiblemente, lo condenan por motivos de interés personal. Nada hay que decir y hacer con ellos. Si el materialista puro se engaña, hay al menos para él la excusa de la buena fe; se le puede conducir, probándole su error; éste, es ya un partido tomado contra el cual todos los argumentos vienen a estrellarse; el tiempo se encargará de abrirles los ojos y demostrarles, puede ser a sus costas, donde estaban sus verdaderos intereses, porque no pudiendo impedir que la verdad se propague, serán arrastrados por el torrente, y con ellos los intereses que creían salvar.

Allan Kardec

Del libro de los Mediums.  Capitulo III.

Share
  • Facebook
  • Twitter
  • Delicious
  • LinkedIn
  • StumbleUpon
  • Add to favorites
  • Email
  • RSS

Speaking of Spiritism by Allan Kardec

  1. A very natural and praiseworthy desire of all spiritists, a desire which cannot be too much encouraged, is to make proselytes. It is with a view to facilitate their task, that we propose here to suggest to them the surest method, in our opinion, of attaining this end, and of sparing themselves the labor of making efforts that may prove of no avail. We have already said that Spiritism is a new science, a new philosophy; he who wishes to understand it should therefore, as the first condition of doing so, lay himself out for serious work, with the full persuasion that this science, like every other, is not to be attained by making a play of it. Spiritism, as we have said, touches on every question that interest humanity; its field is immense, and it is especially in the vastness and importance of its consequences that the experimenter will find this to be true. A belief in spirits is undoubtedly its basis; but this belief no more suffices to make an enlightened spiritist, than the belief in God suffices to make a theologian. Let us, then, consider the mode of proceeding which is best fitted to enable propagandists to attain the end they have in view.
  2. It is generally supposed that, in order to convince, it is sufficient to demonstrate facts. Such would indeed appear to be the most logical method; nevertheless, experience shows us that it is not always the best, for one often meets with persons whom facts the most irrefragable do not convince in the slightest degree. The reason of this failure we shall now try to make apparent. In Spiritism, the question of spirit-communications is secondary and consequential; it is not the starting-point. Spirits being nothing else than the souls of men, the proper ground for argument is the existence of the soul. But how can we get the materialist to admit that beings exist outside the material world, when he believes that he himself is nothing but matter? How can he believe in spirits outside himself, when he does not believe that he has a spirit within himself? In vain will you urge the most conclusive arguments on such a one; he will contest them all, because he does not admit the principle which is their basis. All methodical teaching should proceed from the known to the unknown; what the materialist knows about, is matter; take your stand, then, on matter, and endeavor, above all things, while bringing his mind on to your standpoint, to convince him that there is in himself something beyond the laws of matter; in a word, before trying to make him a spiritist try to make him a spiritualist; but, for that purpose, you must appeal to quite a different order of facts, and adduce arguments of a very different character. To talk to a man of spirits, before he is convinced that he has a soul, is to begin where you should end ; for he cannot admit the consequence, if he do not admit the premise. You should, before undertaking to convince the incredulous, even by facts, make sure of their Opinion respecting the soul, that is to say, ascertain whether they believe in its existence, in its survival of the body, in its individuality after death; if their answer be negative, to speak of spirits would be trouble thrown away. This is the rule; we do not say there are no exceptions to it, but, in the exceptional cases, there is probably some other cause which renders your interlocutor less recalcitrant.
  3. We must especially distinguish two classes among the materialists. In the first class we may place those who are so theoretically. With these, it is not doubt, but negation, absolute, and rational from their point of view; in their eyes, man is only a machine, which goes as long as it is wound up, but of which the spring wears out; a being of which, after death, nothing remains but the carcass. The number of such thinkers being happily very limited, it seems hardly necessary to insist upon the deplorable effects which the generalization of such a doctrine would exert on social order; we have been sufficiently explicit in regard to this point in The Spirits’ Book (147 and Conclusion, III.) In saying that the incredulous cease to doubt when met by a rational explanation, we must except those ultra-materialists who deny all power and intelligence outside of matter; pride renders the majority of these obstinate, and they persist in their denials from personal vanity; they resist all proofs, because they do not wish to have to change an Opinion expressed by them. With such persons you can do nothing, not even when they feign sincerity, and say: “Let me see, and I will believe.” Others, more frank, say plainly: “If I saw, I should not believe.”
  4. The second class of materialists, and by far the most numerous (for materialism is a sentiment contrary to nature), comprehends those who are such through indifference, and, so to say, for want of something better; they are not materialists from conviction, and they would rejoice to be able to believe, for their state of uncertainty is a torment to them. In such men, there is a vague aspiration after the future, but this future has been represented to them under aspects that their reason could not accept; hence their doubt1 and, as the consequence of their doubt, their unbelief. With such persons, incredulity is not theoretic; present to them a theory which is rational, and they will accept it gladly; such men can understand us, for they are nearer to us than they think. With the first class, speak not of revelation, of angels, or of “paradise,” for they would not understand you, but, placing yourself on their own ground, prove to them, first of all, that the laws of physics are not able to explain everything; the rest will come in due time. It is altogether different with the incredulity which is not a foregone conclusion; in such cases, belief is not absolutely null, there is a latent germ, stifled by creeds, but which a ray of light may vivify; such doubters are like a blind man whose eyes you may open, and who will rejoice to behold the day, or like a ship wrecked mariner, who will seize the plank of safety you hold out to him.
  5. Besides the materialists, properly so called, there is a third class of the incredulous, who, though spiritualists, at least in name, are none the less troublesome to deal with on that account; they are the incredulous through ill-will. They find it unpleasant to believe, because it would trouble their enjoyment of material pleasures; they fear to see in Spiritism the doom of their ambition, of their selfishness, of the human vanities which are their delight; they shut their eyes that they may not see, and stop their ears, that they may not hear. We can only pity them.
  6. A fourth category may be called the incredulous through interest or dishonesty. They know well what Spiritism really is, but they outwardly condemn it from motives of personal interest. Of these, there is nothing to be said, as, with them, there is nothing to be done. If the thorough materialist deceives himself, he has at any rate the excuse of sincerity, and may be brought round by showing him his error; with the others, it is a resolution against which all argument fails. Time will open their eyes and show them, perhaps to their cost, where their interest really lay.

Allan Kardec

The Medium’s book. Chapter III.

Share
  • Facebook
  • Twitter
  • Delicious
  • LinkedIn
  • StumbleUpon
  • Add to favorites
  • Email
  • RSS