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“EL NACIMIENTO QUE LLAMAMOS MUERTE”

Admir Serrano

Antes de encarnar en nuestro cuerpo físico, ya hemos vivido en el mundo espiritual, una dimensión no física que se extiende por el universo. Allá vivimos entre otros espíritus—que son parte de nuestra familia y amistades espirituales del otro lado de la vida. Muchos de ellos aún siguen allá, mientras que otros más han venido con nosotros a la vida terrenal, convirtiéndose en nuestros hermanos, esposos, hijos, nietos u otros parientes o amigos en este lado.

Cuando llega la hora de dejar el mundo espiritual para embarcarnos en este viaje terrenal, abandonamos aquella vida, hemos fallecido en aquel mundo por así decirlo. Dejamos atrás a nuestra familia y amistades espirituales, así como el modo de vida que llevabamos. En este sentido, morimos en aquel mundo, para poder nacer en éste, sin embargo ¡En ningún momento hemos dejado de existir! Nuestros amigos y familiares espirituales no lloraron ante nuestra pérdida porque saben de antemano que tan solo representa el cambio de un modo de vida por otro— de la vida espiritual a la física; también saben que algún día nos reencontrariamos.

El cuerpo espiritual del que hacíamos uso en el mundo espiritual era —y aún es—inmortal e imperecedero. Por otro lado, nuestro cuerpo físico es mortal y perecedero, sin embargo aún contamos con nuestro cuerpo espiritual, inmortal e imperecedero; el mismo que teníamos antes de llegar a la Tierra. Este cuerpo espiritual sobrevivirá a nuestra muerte física y continuará viviendo en el mundo espiritual después de la misma.  Una vez ocurrida nuestra muerte física, hacemos el viaje de regreso a casa, de donde hemos venido.

Nuestros restos mortales serán enterrados o cremados y nuestra propia imagen desaparecerá de la vista de nuestros seres amados; mientras tanto, de vuelta en el mundo espiritual, nosotros —en nuestro cuerpo espiritual — reencontraremos a nuestros seres queridos que permanecieron allá o regresaron antes que nosotros.  Mientras que aquí, aquellos que nos aman estarán tristes por nuestra partida, allá del otro lado quienes nos aman estarán regocijantes ante el reencuentro.  Debemos, así, tener en cuenta que la muerte no es una ruptura definitiva, sino una separación temporal: Algún día nos reencontraremos.

Nosotros, como espíritus inmortales que somos, nunca cesamos de vivir, solo cambiamos nuestro modo de vida.  A veces como encarnados, otras como desencarnados, de acuerdo a las lecciones que necesitamos aprender o enseñar durante nuestra vida física.  Simplemente lo que conocemos como muerte es un nacimiento a la inversa.  Nuestro cuerpo físico muere y nuestro cuerpo espiritual sale de éste, indemne, con nuestra identidad y facultades mentales intactas.  Nuestro cuerpo inerte, ya ha expirado y nuestra imagen desaparece de la vista de nuestros compañeros encarnados, reapareciendo ante la vista de nuestros compañeros desencarnados que esperaban por nosotros del otro lado.

El fallecido escritor y clérigo estadounidense, Henry Van Dyke recapituló el proceso de renacimiento en su hermoso poema,  Se ha ido de mi vista (Gone From my Sight)

 

Heme aquí parado en la playa.  Un barco a mi lado

desplega sus blancas velas a la brisa de la mañana y zarpa

hacia el océano azul.  Es objeto de fuerza y de belleza.

Me detengo y lo miro hasta que parece una pequeña mota

de blanca nube justo donde el cielo y el mar se mezclan entre ellos.

 

Entonces alguien a mi lado dice: “¡Ya, se ha ido!”

 

“Se ha ido ¿Adónde?”

 

Se ha ido de mi vista. Eso es todo. Aún es tan grande en su mástil

y en su casco, como cuando se alejó de mi lado.

Y aún lleva del mismo modo su carga viviente hasta el puerto de destino.

 

Su tamaño disminuido está en mí, pero no en él.

Y justo en el momento en el que alguien a mi lado dice: “¡Ya, se ha ido!”

Hay otros ojos viéndolo venir y otras voces

listas para lanzar el alegre grito: “¡Allá viene!”

 

Y así mismo es la muerte..

La muerte física es un fenómeno natural que todos conocemos y de la cual tenemos la absoluta certeza de que algún día ella nos alcanzará a todos. Sin embargo, el miedo, la desesperanza y la rabia aún causan estragos en nuestras vidas cuando nuestra muerte, o la de un ser querido es inminente.  Tales reacciones tumultuosas se dan porque aún no sentimos en el centro de nuestro ser, nuestra esencia espiritual, una esencia que es inmortal, que contiene nuestra individualidad y que sobrevive a la muerte física.  Entonces creemos que el último latido del corazón y el último aliento que apaga nuestro cuerpo material, también apaga nuestra conciencia, borrando la percepción que tenemos de nosotros mismos, lanzándonos al abismo eterno de la no existencia.  Y ésta es una contemplación verdaderamente desalentadora.

Pero cuando entendemos que somos seres inmortales, que la vida física es solo un viaje temporal en el continuo de la existencia, que cuando cerramos nuestros ojos físicos despertamos a una realidad mayor, rodeados de seres queridos que pensábamos no volver a ver, la vida gana un nuevo significado.  Comenzamos a entender entonces que hay dentro de cada uno de nosotros una enorme grandeza que jamás habíamos imaginado posible, una fuerza tan misteriosamente poderosa que reduce a la insignificancia todos los problemas que opacan la maravillosa experiencia que vinimos a disfrutar aquí. Hasta la muerte, alguna vez tan temida como el exterminio total de la vida, perderá su poder de herirnos tan pronto como nosotros—no creamos—sino que sepamos que ésta no aniquilará nuestra existencia.  Al contrario, entenderemos que la muerte corporal nos libera, como el ser espiritual que verdaderamente somos, de toda atadura material.  Una vez libres, retornamos al mundo espiritual del que procedemos para así continuar nuestro viaje evolucionario y allí permaneceremos hasta que nuestra propia conciencia nos guíe a volver a la vida física para una nueva ronda de aprendizaje y crecimiento.

 

Website: www.admirserrano.com

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