El hermoso
río Mosa baña una fértil región de viñedos
del departamento de Haute-Marne (Alto Marne). La villa de Montigny-Le-Roy,
cabeza de cantón de ese departamento, tenía cerca de 1300
habitantes cuando el dia
Sábado 26 de febrero de 1842, a la una de la mañana nació
Camile Flammarion. De acuerdo con lo que él mismo dijera más
tarde, estaba muy impaciente por llegar al mundo y no esperó
los 9 meses de gestación. En cuanto fue posible, a los 7meses,
abandonó el claustro materno y desde ese momento vivió
muy aprisa, intentando aprovechar al máximo el tiempo disponible
y sintiendo que no podía hacer ni la mitad, ni la cuarta o décima
parte de lo que deseaba. Ese espíritu traía el deseo dominante
de aprender y a ello dedicó cada instante.
La zona francesa en la que encarnó había tenido una gran
influencia romana, y por eso muchos de sus habitantes tienen nombres
con ese origen.
El nombre Camile es uno de ellos y también Nicolas, su segundo
nombre, igual al de su abuelo materno, que como su apellido se encuentra
en las raíces de esa cultura. Por otra parte, de acuerdo a las
descripciones de sus contemporáneos, su contextura física
tenía todas las características típicas de esa
procedencia.
Hasta lo que la memoria familiar alcanzaba, todos sus antepasados se
habían dedicado a la agricultura. Durante toda su vida, Camile
afirmaría que él era un verdadero hijo de la Naturaleza,
por ser hijo de labradores. Su padre lo había hecho en su juventud;
pero al nacimiento de su primer hijo, se dedicaba al comercio en una
pequeña tienda de telas, mercería y otros objetos domésticos;
con lo cual ganaba holgadamente para mantener a su familia, que luego
creció con el nacimiento de otros tres niños: Berthe,
la compañera de aventuras y confidente de los sueños de
Camile, Ernest y Marie.
Su lugar de nacimiento era privilegiado para la contemplación
de vastas extensiones. Situado a 435 metros de altura, dominaba, en
medio del aire puro y vivificante, las dilatadas llanuras del fértil
Bassigny, y la vista se podía perder hasta los Vosgos y aún
hasta los Alpes, en días excepcionalmente claros.
La familia habitaba una sencilla y humilde casa, con un piso bajo y
otro superior, desde cuyas ventanas contemplaba la llanura que se extendía
a lo largo del río Mosa y donde encontró su lugar favorito
para estudiar. Pasado el tiempo y reconociendo sus méritos, el
Ayuntamiento puso en 1891, una placa en esta casa, conmemorando el nacimiento
de Camile Flammarion; dándole también su nombre a la calle
que comienza allí.
Desde muy pequeño demostró un enorme interés intelectual,
ajeno a los demás miembros de su familia, por lo que reflexionaría
más tarde, que él era un claro ejemplo de que la herencia,
en ese sentido, no existía.
A los 4 años sabía leer, pocos meses después podía
escribir correctamente, y un año más tarde aprendía
aritmética y gramática, gracias a su esfuerzo por preguntar
constantemente a todos aquellos que pudieran ayudarlo.
Cuando entró a la Escuela Comunal, fue el primero de su clase
y obtuvo en los primeros cursos una Cruz de Honor por su rendimiento;
mérito que mostró con gran orgullo durante toda su vida.
Además, siempre conservó un recuerdo agradecido hacia
su primer maestro, el Sr. Crapelet, pues se trataba de un hombre dedicado
a sus clases con mucho cuidado y acierto; quien por su parte, tenía
una estima especial por Camile y fuera de las horas de clases, extendía
su atención brindándole libros y cualquier otro material
que estimulara su aprendizaje y su deseo de investigación. Camile
tuvo la dicha de seguir contándolo entre sus amigos hasta que
su maestro falleció ya muy anciano; pero mantuvo siempre vigente
su recuerdo y habló de él con admiración y respeto.
Recordaba una infancia feliz; disfrutaba del colegio y el aprendizaje
le resultaba fácil y agradable, todo lo preguntaba, todo lo quería
saber, y frecuentemente las respuestas no le satisfacían.
Su familia, aunque no compartía sus gustos y tendencias, le brindó
el apoyo afectivo que necesitaba, y según él, "sus
almas no eran semejantes, y eso era todo".
Su hogar era muy hospitalario y recibía invitados con mucha asiduidad,
agasajados por su madre reconocida como excelente cocinera. Esto le
permitió al niño compartir con numerosas personas, algunas
de ellas personajes importantes de la época, porque su madre
tenía gustos un poco aristocráticos y deseaba tener una
situación fuera de lo vulgar.
El ambiente hogareño era severo, basado en el respeto, la obediencia,
el sentido del deber y la honradez. Su madre, católica convencida,
practicaba su religión en forma estricta; mientras su padre,
muy escéptico, no interfería con la conducta religiosa
de su mujer y los niños fueron educados en esa convicción.
Tal vez, la mayor satisfacción que ella deseaba era que alguno
de sus hijos se dedicara a la vida religiosa, sobre todo en un lugar
prominente de la Iglesia.
Su maestro era también católico y sus enseñanzas
acorde con sus creencias, aunque mostraba cierta rivalidad con el cura
del pueblo, por un lado por una cuestión de liderazgo, pero también
por diferencias en ciertas ideas. Naturalmente, Camile tuvo una estrecha
vinculación con la Iglesia; fue monaguillo, ayudó en todos
los servicios, cantó en el coro, con su hermosa voz infantil
y allí estudió latín y música, la cual lo
fascinaba.
Los indelebles recuerdos de su infancia, se referían sobre todo,
a la justicia, a la paz y al conocimiento. Afirmó siempre que
el ser humano lleva impreso en forma natural e intuitiva el sentido
de la justicia y que no es la educación quien lo otorga.
Desde niño sintió horror frente al castigo corporal y
no lo toleraba cuando se lo imponían a sus compañeros
traviesos o desaplicados en el estudio. En una oportunidad, su padre
lo castigó fisicamente, por un hecho del que no era responsable.
Su dolor y humillación persistió a través de los
años y no olvidó nunca; tanto que en el momento de la
desencarnación de su padre, ese recuerdo fue motivo de reconciliación
entre ellos. Cuando pequeño no peleaba nunca, era tranquilo y
evitaba las discusiones entre compañeros. Pasaron los años
y conservó esa condición innata. "Yo soy un hombre
que no busca el peligro ni las discusiones; soy un pacifista",
decía.
Su sed de saber era insaciable; el conocimiento, su meta más
importante; los libros su mayor tesoro y la más alta manifestación
del progreso humano; por eso los atesoró durante toda la vida
y logró tener una biblioteca admirable.
A los 7 años estudiaba con entusiasmo y leía diferentes
temas, aunque no siempre encontraba las materias buscadas ya que eran
poco usuales para su edad. Por ejemplo, comenzó para ese entonces
su gusto por la astronomía, pero para su desilusión, indagaba
sin hallar respuestas satisfactorias.
Entre sus recuerdos más antiguos estaban dos espectáculos
impresionantes; el primero, el 9 de octubre de 1847, cuando apenas contaba
6 años y su madre, demostrando un cierto interés por el
saber, preparó en el patio de la casa un gran cubo lleno de agua
para que sus hijos Camile y Berthe observaran un eclipse de sol. En
su mente infantil se grabó indeleblemente la imagen de la Luna
interponiéndose al gran disco solar y opacando su luz, hasta
convertirla en una penumbra fría y pálida que parecía
extinguir la vida para siempre.
Esta emoción volvió a vivirla cuando tenía 9 años,
en compañía de sus dos hermanitos menores, pero esta vez
observando al sol a través de un vidrio ennegrecido con el humo
de una vela.
Su ansiedad por comprender lo condujo hasta su maestro, quien le prestó
un libro de Cosmografía. No lo entendía completamente,
pero lo copió cuidadosamente y lo conservó para estudiarlo
con calma. Allí halló la respuesta a algo que lo intrigaba:
qué sostiene a la Tierra y le impide caerse. Le impresionó
que los sabios pudieran hacer cálculos para conocer el trayecto
de los astros y se le abrió un panorama increíble para
su investigación.
El lugar donde vivía era apropiado para sus contemplaciones,
pues si el clima lo permitía, la vista podía alcanzar
hasta los Alpes. Desde el primer piso de su casa podía observar
las amplias extensiones de las llanuras fértiles del Mosa, y
en días diáfanos y tibios salía desde su jardín
por un estrecho sendero hasta la cima de la montaña cercana y
pasaba horas disfrutando de la inmensidad.
Desde muy corta edad buscó afanosamente la explicación
de la vida y al descubrir la muerte se resistió a creer que todo
debía morir.
Cuando sus clases en la escuela primaria terminaron; ya no podía
aprender más allí, y comenzó a estudiar latín
en la casa del cura del pueblo.
Tenía 9 años y su vida transcurría bastante solitaria,
porque no tenía muchos amigos, debido a las prevenciones de su
madre que no le permitía su relación con cualquier clase
de muchachos; pero por otra parte, el clima invernal rudo en esa región,
le impedía muchas actividades que él hubiera preferido.
De todas maneras, no le atraía compartir con los jóvenes
que jugaban en la calle, y elegía las lecturas y las lecciones.
Su madre lo estimulaba para que ingresara en la vida eclesiástica
y comprendiendo que era una oportunidad para poder estudiar, ingresó
al Seminario de Langres.
Poco después la vida familiar se complicó. Sus padres
enfermaron durante una epidemia de cólera, un socio los estafó
y tuvieron que pagar todas sus deudas, perdiendo su tranquilidad económica,
por lo que decidieron trasladarse a París para buscar mejores
posibilidades. En esa oportunidad pudieron demostrar en la práctica,
sus firmes convicciones y enseñanzas en cuanto a la honradez.
Camile quedó en el seminario donde la educación a cargo
del Episcopado era gratuita. Los alumnos eran alojados y alimentados
en diversas casas de la ciudad, aunque naturalmente las comodidades
eran escasas y las comidas insuficientes.
Su vida era extremadamente rigurosa, se levantaba antes del amanecer
para comenzar una jornada de aislamiento, silencio y devoción;
pero allí tuvo la oportunidad de completar sus conocimientos
de las materias básicas, además del latín y la
música, que lo deleitaba. Continuó cantando en el coro
y logró componer algunas piezas sencillas; pero sobre todo, se
interesó por la historia natural y todos los fenómenos
que observaba.
Mostraba un gran ingenio para inventar; hizo un instrumento musical
con latas y piedras; un microscopio con unos lentes y un tubo de cartón
que le servía para investigar plantas, insectos y minerales;
y con la mitad de un prismático observaba la Luna como si fuera
un telescopio. Recordaba su gran emoción, el día que se
interpuso un cometa delante de su lente. Por otra parte, como es lógico,
en el seminario era escrupulosamente preparado para la vida religiosa.
Camile conservaba un buen recuerdo de esa época, a pesar de todas
las dificultades. Durante esos dos años había estudiado
por el placer de conocer, no le interesaban los premios ni las recompensas
y quedó agradecido por esa oportunidad que le brindaron.
Estaba ya en el 4º año de estudios y la situación
familiar había mejorado; aunque su padre tenía un modesto
empleo y estaban alojados en una casa pequeña, Camile pudo ir
a vivir con ellos. Una diligencia lo trasladó del seminario a
la estación de trenes y de allí partió hacia París,
en septiembre de 1856, cuando sólo tenía 14 años.
Ese muchacho provinciano, acostumbrado a las paredes de un seminario
y con un horizonte limitado por el pueblo cercano, quedó deslumbrado
con París. Siguiendo su hábito ordenado, había
estudiado cuidadosamente un plano de la ciudad que su maestro le prestó,
y la recorrió como si la conociera, acompañado por sus
hermanos, sobre todo por Berthe, quien continuaba siendo su preferida.
Después de unos días de vacaciones se incorporó
a la Capilla de San Roque donde gratuitamente podía continuar
sus estudios y disfrutar del almuerzo diario, que él retribuía
con sus servicios en las actividades de la Iglesia.
Disfrutaba mucho con su actuación en el coro y progresando en
sus conocimientos musicales, pero el desarrollo de las demás
materias no le satisfacían y le aburrían.
Deseó ingresar en el Seminario de París, pero sus posibilidades
económicas se lo impedían y buscó entonces, un
trabajo. Consiguió un puesto de aprendiz de grabador-cincelador
en un taller donde le ofrecían alojamiento y comida. Era algo
para comenzar, aunque su cuarto era una buhardilla, su ingreso mínimo
y el trabajo muy duro para él, porque a su patrón le importaba
poco el arte, y sólo insistía en la velocidad de la producción
para obtener mayores ganancias.
Pasaba los fines de semana con su familia, especialmente con Berthe
y entre sus amigas encontró a la que inspiró su primer
amor juvenil, pero comprendía que sus gustos estaban muy distantes
de los que podía compartir con los jóvenes de su edad.
En el tiempo libre que le dejaba su trabajo, continuaba estudiando lo
que podía, y logró ingresar a la Asociación Politécnica,
creada en París por filántropos, donde brindaban clases
nocturnas y gratuitas, que le parecieron sumamente útiles y le
permitieron completar sus conocimientos generales, aprender el inglés
y adiestrarse en el dibujo, que lo entusiasmó, porque según
él, su armonía le recordaba la de la música.
Estaba satisfecho porque progresaba rápidamente, pero hubiera
querido disponer de todo su tiempo y no tener que dedicarlo a un trabajo
que no le gustaba.
Para la época se formó una Asociación de Aprendices,
y a los 16 años, Camile fue nombrado Presidente por unanimidad.
Luego, comenzó a funcionar una Academia de la Juventud, donde
se desarrollaban programas de ciencias, literatura y dibujo, que pudo
aprovechar con mucha satisfacción.
El grupo de jóvenes se reunía todos los domingos a la
tarde, en la sala de recreo de la Escuela de los Hermanos de la calle
de Argenteuil. Cada tres meses los padres de los alumnos asistían
a la reunión, el Presidente pronunciaba un discurso y luego tenían
una pequeña fiesta. Camile recordaría toda su vida su
primer discurso para el que eligió el tema "Las maravillas
de la Naturaleza". Lo preparó y memorizó con cuidado,
pero con la emoción del momento a los cinco minutos perdió
el hilo y tuvo que recurrir a la lectura. Esa experiencia fue suficiente
para que desde entonces, siempre leyera sus discursos.
Continuó estudiando historia natural con verdadedo empeño.
En su ciudad natal había coleccionado los fósiles que
abundaban en las montañas cercanas y había elaborado dibujos
de todos ellos, así como de animales prehistóricos. También
la geología le interesaba mucho, pero la astronomía aún
más.
Además, le gustaba escribir literatura, y se convirtió
en defensor de la pureza del idioma, estudió su origen latino,
para lo que contó con la colaboración de su hermana Berthe
quien le conseguía todos los libros que podía, para hacer
sus investigaciones.
Hacia 1857, después de un año como aprendiz en el taller,
dejó esa labor que no le satisfacía y comenzó a
depender de sus ahorros, mientras se dedicaba a escribir un trabajo
basado en sus estudios sobre el mundo primitivo al que tituló
"Cosmogonía universal".
En mayo de 1858 tuvo algunas dolencias por lo que lo examinó
el Dr. Edouard Fournie, conocido por sus estudios sobre el laringoscopio.
Durante esa visita a su casa, el médico fijó su atención
sobre el manuscrito del trabajo sobre Cosmogonía que estaba sobre
la mesa de trabajo de Camile. Al notar la calidad de los escritos le
sorprendió que el muchacho fuera su autor y se interesó
por saber más, entablando una conversación con él,
que lo dejó atónito.
A los pocos días volvió con la agradable sorpresa de haber
concertado una cita con el Sr. Le Verrier Director del Observatorio
de París, para que Camile optara a un puesto como alumno de astronomía.
Se preparó para la entrevista fijada para el 24 de junio de 1858,
con inmensa alegría y esmero; aplacó lo mejor que pudo
su melena leonina, se vistió con su mejor traje, sombrero y bastón,
y partió hacia el Observatorio.
La entrevista fue emocionante, porque desde su infancia había
visto el nombre de ese sabio en los mapas del cielo, designando al planeta
descubierto por él mediante cálculos, en 1846, y al que
más tarde se llamaría Neptuno. No fue menor la sorpresa
para el Sr. Le Verrier al comprobar la edad del entrevistado y saber
que había escrito un trabajo sobre Cosmogonía.
Más tarde, tuvo que presentar un examen de matemáticas,
que le resultó elemental y fue aceptado como alumno de astronomía.
Comenzó su nueva etapa el 28 de junio de 1858 y se consideró
muy feliz, porque tenía un trabajo que le deparaba tranquilidad
e independencia, y al mismo tiempo le daba la posibilidad de estudiar
y aprender lo que él deseaba.
Su pasatiempo favorito consistía en pasear por las márgenes
del Sena, buscando en los puestos de libros usados, donde consiguió
obras sumamente valiosas, algunas de ellas con una antigüedad sorprendente,
incluso procedentes de las primeras imprentas del siglo XV, que lo hacían
sentirse extremadamente rico.
Al poco tiempo, sintió cierta desilusión, cuando vió
que no podía disfrutar de la astronomía directa de observación
y todo el trabajo que le encomendaban debía resolverlo por cálculo
y no por astronomía "viva", como él la llamaba;
pero aún así, agradeció y aprovechó la oportunidad
que se le brindaba.
Tanto su formación en el hogar como su paso por el seminario,
así como la dedicación al trabajo dificultaron su acercamiento
a otros jóvenes. Sus compañeros de trabajo lo invitaban
a bailar y tomar cerveza en un establecimiento cercano, pero él
nunca tenía tiempo.
Pasaba las noches en la terraza del Observatorio observando la Luna
y en esas veladas de inspiración soñó con hacer
un viaje al satélite e imaginó que durmiéndose
lo lograba. Con estos pensamientos escribió una especie de poema
que no llegó a publicar por considerarlo sin valor, titulado
"Viaje estático a las regiones lunares. Correspondencia
de un filósofo adolescente".
Leyó con mucho interés a Dante Alighieri y otros autores,
capaces de despertar en él, inquietudes relacionadas con las
verdades del universo, que unidas a sus estudios astronómicos,
fueron motivo de cuestionamiento hacia la religión aprendida
durante su infancia. Católico practicante, como seguía
siendo, sufrió el impacto de entender que la realidad le mostraba
la falsedad del sistema sustentado por su religión, y a los 19
años comenzó una lucha tremenda con su conciencia, porque
cuanto más profundizaba los conocimientos, más le costaba
conservar sus anteriores convicciones. Se conmovió cuando conoció
el proceso seguido a Galileo y decidió recurrir al cura párroco.
Éste sólo le habló de la fe ciega y le aconsejó
admitir el misterio sin pretender entender; idea que no lo tranquilizó,
pero lo estimuló a estudiar fervientemente El Génesis
y los Evangelios, buscando la verdad. Después de mucho análisis
concluyó que muchos de los postulados fundamentales eran falsos,
tal como lo escribió en su trabajo llamado "Stella".
Su deseo de saber lo indujo a estudiar otras religiones y filosofías,
llegando finalmente a una absoluta libertad del pensamiento y a la convicción
que debía continuar empeñándose en encontrar la
verdad del Universo, persuadido de que las leyes universales debían
establecer una religión natural mucho más sólida
que las dogmáticas.
En esa época, y contando 19 años, escribe su primer libro
impreso titulado "La pluralidad de los mundos habitados",
fruto de sus lecturas sobre ese tema, seguidas de un trabajo analítico
profundo y de una síntesis magistral. Ese concepto nuevo de la
astronomía desató una gran polémica y una despiadada
burla por parte de los estudiosos del tema, quienes la llamaron irónicamente
la "nueva astronomía" y la consideraron una idea mediocre,
fantasiosa y sin mérito para que se le prestara atención.
Después de muchos años, Flammarion tuvo la satisfacción
de que M. Fayer, Presidente del Consejo del Observatorio de París
y científico opositor de su idea, admitiera su valioso aporte
para la modernización y la enseñanza de la astronomía.
Cuando concibió este libro no tuvo la intención de publicarlo,
pero el editor de los trabajos del Observatorio quiso leerlo y lo consideró
de valor. Esto significaba para Camile tener que pagar su impresión,
lo que no dejaba de ser un sacrificio; pero se comprometió a
cancelarla con una parte de su sueldo.
El director del Observatorio, M. Le Verrier era un genio matemático,
pero tenía un carácter muy difícil y su trato era
muy descortés, por lo que los empleados no duraban mucho. Camile
no fue la excepción y después de 4 años de trabajo,
sorpresivamente el director le dijo que no lo consideraba un alumno
astrónomo sino un alumno poeta, y sin otra explicación
lo despidió.
Buscó otras posibilidades y su profesor de la Sorbona, M. Delaunay,
le ofreció trabajo en el Bureau de Longitudes. Al mismo tiempo,
disfrutó la satisfacción de ver su libro y su nombre en
las librerías de París, y algunos meses después,
el editor le informó que se había agotado y que la deuda
quedaba saldada.
Aparecieron críticas muy ásperas del sector religioso,
pero también muy elogiosas en la prensa, entre ellas la de Denizard
Rivail, prestigioso profesor de la Sorbona, editor de la "Revista
Espírita", quien opinó que podía parecer extraño
que un joven de la edad de Camile Flammarión expusiera esas ideas,
y más aún que las profundizara; pero que ese hecho era
una prueba de que ese espíritu no estaba en el principio de su
evolución y que había sido asistido por otros espíritus.
Además, entre las numerosas cartas de felicitación, se
destacó la esquela personal de Víctor Hugo manifestándole
que "se sentía en estrecha afinidad con espíritus
como él".
Fue traducida a las principales lenguas de Europa y al sistema Braille;
pero más tarde, al trabajo inicial le agregó una parte
filosófica, y su publicación en 1864 se convirtió
en su obra más revolucionaria, por denunciar el engaño
de las antiguas creencias.
Desde 1862 se convirtió en un estudioso del Espiritismo y conoció
a Allan Kardec, Presidente de la Sociedad Espiritista de París,
con quien entabló una estrecha amistad. En la Revista Espírita
era frecuente que se mencionara a Flammarion, así como sus experiencias
en el desarrollo de su facultad como médium psicográfico.
Trabajó intensamente en la experimentación mediúmnica;
participó en las investigaciones realizadas con los médiums
conocidos de aquella época; estudió los fenómenos
físicos aplicando el método científico acorde a
su pensamiento racionalista y escribió numerosos artículos
sobre el tema.
En una de las sesiones le fue revelada su identidad en una encarnación
anterior en el siglo XVI, como el escritor español Alonso de
Ercilla y Zúñiga, autor del poema "Araucana".
Estaba absolutamente convencido de que la principal virtud moral del
hombre es la independencia absoluta y esto lo llevó a declinar
la invitación de la francmasonería para que ingresara
en sus filas.
Para 1863 comenzó su labor periodística, que se prolongaría
por muchos años en numerosas publicaciones. En la "Revista
francesa", su trabajo literario se inició con artículos
sobre variados temas, entre los que se destacó "Los Espíritus
y el Espiritismo"; en el "Cosmos", se ocupó de
la redacción científica; en el "Anuario del Cosmos"
publicó sus estudios astronómicos que alcanzaron gran
popularidad; y en el "Anuario astronómico" escribió
durante 47 años, el resultado de sus estudios. Finalmente, en
1882 fundó su propia revista a la que llamó "L´astronomie".
Tres años después apareció su segundo libro, con
el título "Los mundos reales y los mundos imaginarios",
como un complemento de la primera obra, desde el punto de vista histórico;
e inmediatamente comenzó a colaborar en un proyecto de divulgación
científica popular con la finalidad de dar a conocer la Naturaleza,
a través de pequeños volúmenes que constituirían
la "Biblioteca de las maravillas", para la cual escribió
"Las maravillas celestes".
Emprendió entonces, un viaje de vacaciones y estudio, recorriendo
diferentes regiones de Francia. La tierra de Juana de Arco lo emocionó;
y disfrutó zonas de gran riqueza arqueológica y de belleza
natural; conoció el mar y estudió las costas; viajó
a la isla de Jersey, exilio de Víctor Hugo, y a Bélgica
donde pronunció numerosas conferencias; y como corolario de estas
experiencias escribió múltiples artículos sobre
sus recuerdos de viaje.
En 1865, presentó su obra "De las fuerzas naturales desconocidas",
donde analizaba el caso de dos hermanos participantes en representaciones
teatrales, donde se mostraban en extrañas experiencias afirmando
que las fuerzas que los agitaban eran provocadas por espíritus.
Tenía un gran interés en la divulgación de sus
convicciones entre todos los sectores de la población. Ese mismo
año inauguró en el Anfiteatro de la Escuela Turgot unas
clases o conferencias gratuitas para obreros y aprendices; pero como
era de esperarse, al lado de muchas opiniones aprobatorias, se ubicaron
las reservas de las autoridades por los temas demasiado revolucionarios,
y estuvieron a punto de suspenderlas. Al año siguiente, comenzó
a dictar las "Conferencias para el Mundo" en el Boulevard
de los Capuchinos, que logró prolongarlas durante 15 años.
Su siguiente publicación titulada "Lumen" era una obra
espírita donde demostraba sus profundos conocimientos de la doctrina;
que junto a su libro "Dios en la Naturaleza o el materialismo y
el espiritualismo ante la ciencia moderna", aparecido en 1867;
merecieron la opinión elogiosa de Allan Kardec en la Revista
Espírita.
Camile pudo cumplir entonces, otro de sus sueños: la observación
directa del cielo. Alquiló la terraza de un viejo edificio, consiguió
un buen lente montado en un pie, y lo instaló para observar y
dibujar el cielo durante noches enteras, lo que se constituiría
en el material informativo para su obra: "Estudios y lecturas sobre
astronomía".
A sus 25 años, decidió realizar otra ilusión. En
la Asociación de Estudios Aerostáticos obtuvo el permiso
para subir en un globo en desuso; extraordinaria experiencia iniciada
el 30 de mayo de 1867 y luego repetida muchas veces, que le produjo
fuertes impresiones, luego relatadas en artículos de prensa,
que reunidos formaron su obra: "Mis viajes aéreos".
Allan Kardec, su amigo personal desde 1861, desencarnó repentinamente
el 31 de marzo de 1869, y aunque en los últimos tiempos, debido
a sus trabajos y a sus viajes, Camile no había concurrido asiduamente
a las reuniones, la Junta Directiva de la Sociedad Espírita de
París le solicitó que pronuncira un discurso en sus funerales,
como era la costumbre. Le dijo entonces, su "hasta la vista",
hablando del Espiritismo y la Ciencia, afirmando su posición
absolutamente científica y rechazando la credulidad sin experimentación
y certeza. Recordó con gran reconocimiento la obra de Kardec
a quien llamó "ese pensador laborioso" y destacó
"el buen sentido encarnado" del fundador del Espiritismo científico,
en palabras emocionadas:
"El espiritismo no es una religión sino una ciencia de la
que sabemos apenas el abc. El tiempo de los dogmas ha desaparecido.
La Naturaleza abarca el Universo, y el mismo Dios, al que anteriormente
se ha hecho a imagen y semejanza del hombre, no puede ser considerado
por la metafísica moderna sino como un Espíritu de la
Naturaleza. Lo sobrenatural no existe. Las manifestaciones obtenidas
mediante los médiums, como las del magnetismo y sonambulismo,
son de orden natural, y deben ser severamente sometidas a la comprobación
de la experiencia. Ya no hay milagros. Asistimos a la aurora de una
ciencia desconocida. ¿Quién puede prever a qué
consecuencias conducirá en el mundo del pensamiento el estudio
positivo de esta nueva psicología?".
Se ha considerado que este discurso marcó una fecha importante
en la historia del Espiritismo. La Junta Directiva le ofreció
que sucediera a Kardec en la dirección, pero declinó el
ofrecimiento alegando su convicción de que muchos de los adeptos
continuarían creyendo, todavía por mucho tiempo, en una
religión más que en una ciencia; posición que estaba
muy alejada de la suya.
Se dedicó entonces a reunir artículos de prensa y publicó
en 1870, un volumen con temas atractivos para la instrucción
popular común que tituló: "Contemplaciones científicas".
Ese mismo año, acompañado por un ingeniero de minas, decidió
hacer exploraciones en la profundidad de la Tierra, y bajó en
una caja con la ayuda de una máquina de vapor. Recordaba después
que "la sensación emocionante era similar a la de elevarse
en un globo aerostástico, pero que allá abajo todo era
oscuro, húmedo, triste y sucio, mientras que en la atmósfera,
se veía todo luminoso, alegre y espléndido".
Estalló la guerra por la invasión alemana a los territorios
de la Alsacia y la Lorena, y Flammarion se alistó en un batallón
de ingenieros con el grado de capitán, para cumplir junto a otros
astrónomos, la labor de calcular la posición de los cañones.
Fue una época difícil y dolorosa. En sus apuntes relata
una cena de Navidad, a la que fue invitado por unos amigos, en la que
el plato principal era gato y ratones guisados al vino blanco; y con
extraño y triste sentido del humor comentaba que "no estaban
malos del todo".
Alcanzada la paz, continuó con su trabajo inagotable; sus observaciones
continuaron y su obra fecunda se multiplicó. Fundó el
Observatorio de Juvisy en 1883 y cuatro años después,
la Sociedad Astronómica de Francia. También trabajó
como calculador en el Observatorio Astronómico de París,
que le permitió describir aspectos de los astros y planetas que
lo convirtieron en precursor del invento del radar y el descubrimiento
del rayo láser.
La ciencia le debe numerosos descubrimientos y observaciones sobre la
rotación de los cuerpos celestes, el color de los astros y los
aerolitos; así como el estudio del estado higrométrico
y la dirección de las corrientes aéreas de la atmósfera,
gracias a sus ascensiones en globo.
Su condición de escritor fluido y de pedagogo nato contribuyó
a la divulgación popular de la ciencia, y ocupa un lugar destacado
entre los científicos que aceptaron con convicción la
Doctrina de los Espíritus y se dedicaron a la investigación
honesta de los fenómenos psíquicos, desmintiendo la tesis
de que sólo los ignorantes o mediocres los aceptaban.
Flammarion, hombre de ciencia y humanista, que mereció el nombre
de "poeta de las estrellas", terminó su fecunda vida
el 4 de junio de 1925, a la edad de 83 años, en Juvisy-sur-Orge.