Los
acontecimientos se precipitan con rapidez, y por lo tanto, no os decimos
como
otras veces: "Los tiempos están próximos", sino que os decimos:
"Los tiempos
han llegado".
Por
estas palabras no entendáis un nuevo diluvio, ni un cataclismo, ni una
revuelta
general. Las convulsiones parciales del globo han tenido lugar en todas
las épocas
y se producen aún, porque tienden a su constitución; pero estos no son
los signos
de los tiempos.
Y no obstante,
todo lo que fue predicho en el Evangelio, debe cumplirse y se
cumple
en este instante, como vosotros lo conoceréis más tarde; mas no toméis
los signos
anunciados sino como figuras de las que es necesario buscar el Espíritu
y no
la letra. Todas las Escrituras contienen grandes verdades bajo el velo
de la alegaría,
y por esto los
comentaristas
que se han aferrado a la letra, se han
equivocado.
Les faltaba la clave para descifrar el sentido
verdadero.
Esta clave se
halla en los
descubrimientos de las ciencias y en las leyes del mundo invisible que
os
revela
el Espiritismo. De hoy en adelante, con la ayuda de estos nuevos
conocimientos,
lo que está oscuro se hará
claro
e inteligible.
Todo
sigue el orden natural de las cosas, y las leyes inmutables de Dios
no serán
por ningún concepto
interrumpidas. No veréis, por consiguiente, ni milagros,
ni prodigios,
ni nada sobrenatural en el- sentido
vulgar
que se da a estas palabras.
No
miréis al cielo para buscar los signos precursores, porque no los hallaréis,
y
aquellos
que os los anuncien os engañarán; pero mirad en torno de vosotros,
entre
los hombres, y aquí los
hallareis.
¿No
sentís un viento que sopla sobre la tierra y agita todos los Espíritus?
El mundo
está atento y como en
expectativa
de un presentimiento vago acerca la
proximidad
de la tormenta.
No
creáis por esto que venga el fin del
mundo
material: la tierra ha
progresado
después de su transformación, debe progresar aún y no puede ser
destruida;
pero la humanidad ha llegado a uno de esos períodos de transformación,
y la
tierra va a elevarse en la
jerarquía
de los mundos.
No es, pues,
el fin del mundo material lo que se
prepara;
es el fin del mundo
moral,
esto
es,
del
viejo mundo, del viejo mundo de los prejuicios, del egoísmo, del
orgullo
y del fanatismo. Cada
día se
lleva
algunos
restos. Todo concluirá para él
con la
generación que se
va,
y la generación nueva
elevará
el nuevo edificio que
las generaciones
siguientes consolidaran y completaran.
De
mundo de expiación,
la tierra está llamada a ser un día un mundo de
felicidad,
y su habitación será una recompensa en lugar
de ser
un castigo. El
reinado del
bien debe suceder-al reinado del mal.
Para
que los hombres sean felices sobre la
tierra,
se hace preciso que no sea
poblada
más que por Espíritus encarnados y desencarnados que sólo quieran el
bien.
Este tiempo ha llegado ya. Una grande emigración, de entre los que la
habitan
se está realizando en este
momento.
Aquellos que hacen el mal por el mal
y a
los que el sentimiento del bien
no les atañe,
son indignos de la
tierra
transformada
y serán excluidos, porque le llevarían de nuevo las revueltas y
confusiones,
siendo un obstáculo
a su
progreso. Irán a expiar su endurecimiento en
mundos
inferiores, donde portarán el caudal de sus
conocimientos
y servirán a la
causa del perfeccionamiento.
En la tierra serán reemplazados por Espíritus
mejores,
que harán
reinar entre ellos la justicia, la paz y la fraternidad.
La
tierra, hemos dicho ya, no debe ser transformada
por un
cataclismo que acabe
súbitamente con una generación. La actual desaparecerá gradualmente
y la nueva le sucederá del mismo modo, sin que nada se altere en el
orden ordinario de las cosas. Exteriormente todo
pasar en su
forma habitual con la sola y esenciadísima diferencia de que una
parte
de los Espíritus que en ella se
encarnaban,
no volverán a encarnarse. En el
niño
que nazca, en vez de encarnar un Espíritu atrasado y con
tendencias
al mal, encarnará
un Espíritu adelantado y portador
del bien. Se
trata, por lo tanto, menos
de una
generación
corporal que de una nueva generación de Espíritus; y aquellos
que esperan
ver operarse esta
transformación
por efectos sobrenaturales y
maravillosos,
sufrirán una decepción.
La
época actual es de transición:
los
elementos de dos generaciones se
confunden.
Colocados en el punto intermedio, asistís a la partida de una y ala
llegada
de otra, y cada cual se manifiesta en el mundo por los caracteres que
le son
propios.
Las
dos generaciones
tienen ideas y puntos de vista diametralmente
opuestos.
En la naturaleza de las disposiciones morales,
y, sobre
todo, de
las intuitivas
e innatas, es
fácil distinguir a cual de las dos pertenece cada individuo.
La
nueva generación,
debiendo fundar la era del progreso moral, se distingue
por una
inteligencia y una razón generalmente
precoces,
aunadas a un sentimiento
innato
del
bien y de las creencias espiritualistas; todo lo cual es signo
indubitable
de cierto
grado de progreso anterior. No se crea por esto que toda ella la
compongan
Espíritus
eminentemente
superiores, pero si de aquellos que habiendo
progresado
lo bastante, están predispuestos a
asimilarse
todas las ideas
progresivas
y sean aptos para secundar el movimiento regenerador.
Se
distingue, por el
contrario,
a los Espíritus atrasados, por su rebelión desde
el primer
instante contra Dios, negando la providencia y
todo
poder superior a la
humanidad;
y después, por la propensión instintiva a las pasiones degradantes,
a los
sentimientos
antifraternales del orgullo, la malevolencia, los celos, la lujuria,
en fin,
por el predominio, por el deseo
vehemente
en ellos hacia todo lo que es
material.
De
estos vicios debe la tierra purgarse por el alejamiento de
aquellos
que rehúsan
su enmienda y son incompatibles, por lo mismo, con el reino de la
fraternidad
y con los
hombres de bien,
que sufrirían con su contacto. La tierra será
libertada
y los hombres marcharán sin trabas hacia el
porvenir
mejor, que les está
reservado
en ese planeta como premio a sus esfuerzos y perseverancia, en tanto
que
una depuración
más completa les abre la entrada en los mundos superiores.
Por
esta emigración de los Espíritus no
debéis
entender que todos los
retardatarios
serán expulsados de la tierra y relegados a mundos inferiores.
Muchos,
por el
contrario, reencarnarán para ceder al empuje de las circunstancias
y del
ejemplo, porque su corteza era
peor
todavía que el fondo. Una vez sustraídos
a la
influencia de la materia y de los prejuicios del mundo corporal,
la mayor
parte, y
de esto lograréis muchos ejemplos, verán las cosas de una manera totalmente
diferente
de cuando
vivan. En esto serán ayudados por los Espíritus buenos que se
interesan
por su bien y que se prestan a
mostrarles
el falso camino que habían
seguido.
Por vuestras preces y vuestras exhortaciones podéis también
contribuir
a su
mejoramiento, estableciendo de este modo la solidaridad perpetua entre
los muertos
y los vivos.
Para
aquellos, pues, que puedan volver de nuevo, esta vuelta les será un
bien,
porque será una recompensa. ¿Qué
importa
lo que ellos hayan sido ni lo que
hayan
hecho, si están animados de mejores sentimientos? Lejos de ser
hostiles
a la
sociedad y al progreso, serán auxiliares útiles porque pertenecerían
a la nueva generación.
No
habrá, pues,
exclusión definitiva mas que para los Espíritus
profundamente
rebeldes, para aquellos a quienes el orgullo y el
egoísmo,
más que la
ignorancia, les tiene sordos a la voz del bien y de la razón. Y aun
estos mismos no
serán condenados
a una inferioridad perpetua, sino que vendrá un día en que
repudiarán
su pasado y abrirán los ojos a
la luz.
Rogad
por estos endurecidos a fin de que se enmienden ahora que es
tiempo,
porque el día de la expiación
se les
aproxima.
Desgraciadamente,
desconociendo la voz de Dios, la mayor parte de ellos
persistirán
en su ceguera,
y su resistencia señalará el fin de su reinado por el de
las luchas
terribles. En su error correrán presurosos
a su
propia perdición. Apelarán
a la
destrucción que engendra multitud de males y de calamidades; y de este
modo,
sin quererlo, precipitarán el advenimiento de la nueva era, pero como
la destrucción
no será tan rápida
como
sus deseos, se multiplicarán los suicidios
hasta
en los niños, en una proporción desconocida. La locura no
habrá
arrebatado jamás
tan gran número de hombres al libro, de los vivos aun antes de que estén
muertos.
Estas serán
las verdaderas señales de los tiempos.
Y
todo se cumplirá por
el encadenamiento de las circunstancias, sin
que nada
se derogue en las leyes
de la
naturaleza, tal como os lo llevamos dicho.
Entretanto,
a través de la densa
sombra
que os envuelve y en medio de la
grande
tempestad que os amenaza, ¡ved aparecer los primeros fulgores
de la
era nueva!
La fraternidad sienta sus fundamentos en todos los puntos del globo
y los pueblos
se tienden la
mano; la barbarie
se familiariza al contacto de la civilización;
los prejuicios
de razas y sectas, que han hecho
derramar
lagos de sangre, se
extinguen;
el fanatismo y la intolerancia pierden terreno, mientras que la libertad
de conciencia
se abre paso entre los buenos y se proclama como un derecho. Por
todas
partes las ideas fermentan:
se ve
el mal y se ensaya remediarlo, pero
muchos
caminan sin brújula y se engolfan en utopías.
El
mundo se halla empecinado
en un inmenso trabajo de transformación que durará un siglo; en este
trabajo,
todavía confuso, se ve,
no obstante,
dominar una tendencia desde el
principio:
la de la unidad y uniformidad que predispone a la
fraternidad.
Éstos
serán los signos de los tiempos que han de venir, bien contrarios, por
cierto,
a los precedentes,
pues
mientras estos son los de la agonía del pasado,
aquellos
son los primeros lamentos del niño que nace, los
precursores
de la aurora
que lucirá sus
galas en el siglo próximo, porque entonces la nueva generación
estará
en todo
su apogeo.
Mientras,
el aspecto del siglo decimonoveno
diferirá del
aspecto del
decimoctavo desde ciertos
puntos
de vista, como el siglo vigésimo
diferira
del actual por otros que le serán propios.
Uno
de los caracteres
distintivos
de la nueva generación será la fe
innata;
no
la fe
exclusivista y ciega que divide a los hombres, sino la fe
razonada
que esclarece
y fortifica, que une y confunde en un común sentimiento de amor a Dios
y al
prójimo. Con la
generación que se extingue desaparecerán los últimos
vestigios
que la incredulidad y del fanatismo; contrarios
por igual
al progreso moral
que
al social.
El
Espiritismo es el camino que conduce a la renovación, porque derroca
los
dos más
grandes obstáculos que a ella se oponen: la incredulidad y el fanatismo.
Como
innato o en estado de
intuición
en el corazón de sus representantes,
desenvuelve
todos los sentimientos e ideas que corresponden a la
nueva
generación
y da una fe sólida y esclarecida. La era nueva le vera engrandecer y
prosperar
por la fuerza
misma de las
cosas; viniendo a ser la base de todas las
creencias
y el punto de apoyo de todas las instituciones.
Pero
hasta entonces, ¡que de luchas no habrá de sostener contra sus dos
más encarnizados
enemigos, la
incredulidad
y el fanatismo! Aunque parezca
extraño,
estos principios tan antitéticos, estos polos tan opuestos, se
dan la
mano para
no ser vencidos en la lucha. Presienten el porvenir y su muerte, y no
quieren dejar
ondear sobre
las ruinas del
egoísta viejo mundo la bandera que ha de unir a
todos
los pueblos. En la divina máxima:
Fuera de la
caridad
no hay salvación, ellos
leen
su propia condenación, porque es el símbolo de la nueva alianza fraternal
proclamada
por Cristo, símbolo que se les presenta como la sentencia fatal del
festín
de Baltasar. Y sin embargo,
esta
máxima les garantiza que no han de ser
victimas
de las represalias de aquellos a quienes hoy persiguen; esta
máxima
debieran
hacerla objeto de su culto. Pero no, una fuerza ciega les impele a
rechazar
lo único que pudiera
salvarles.
¿Qué
podrán contra el ascendiente de la opinión que les repudia?
El
Espiritismo
saldrá triunfante de
la lucha,
no lo dudéis, porque está en las leyes de
la naturaleza,
y es por
eso mismo
imperecedero. Ved
por que
multitud de medios,
la idea
se esparce y penetra en todas partes; estos medios, creedlo, no son
fortuitos,
sino providenciales,
y si al principio parece deben servirles de obstáculo,
es precisamente
porque así ayudan a su
propagación.
Dentro
de poco surgirán campeones acreditados que apoyarán su autoridad
en su
nombre y en su
ejemplo e impondrán
silencio a los detractores, quienes no
osarán calificarles de locos. Estos hombres harán sus estudios en el
silencio y no se mostrarán hasta el momento propicio. Hasta entonces,
es útil que permanezcan ignorados.
Dentro
de poco veréis a las artes acudir al Espiritismo como una mina fecunda,
y traducir sus pensamientos y los horizontes que descubre por la pintura,
la música, la poesía y la literatura. Ya se os ha dicho que habrá un
día para el arte espírita, como lo hubo para el arte pagano y para el
arte cristiano, en que los más grandes genios se inspirarán en esta
verdad. Pronto veréis los primeros resplandores y más tarde alcanzará
el apogeo que debe alcanzar.
Espiritistas, el porvenir
es vuestro y de todos los hombres de corazón, y de confianza. No os
arredren los obstáculos, porque no hay ninguno que pueda obstruir los
designios de la Providencia.
Trabajad sin interrupción y dad gracias a Dios
por haberos colocado a la vanguardia de la nueva
falange.
Este es un puesto
de honor
que habéis pedido y del que os haréis dignos por vuestro valor, vuestra
perseverancia
y vuestro desinterés. Aquellos que sucumban valerosamente en esta
lucha
contra la fuerza,
obtendrán
su galardón; a los que sucumban por debilidad o
miedo,
la confusión les rodeará en el mundo de los
Espíritus.
Las luchas son
necesarias para
fortificar el alma; el contacto del mal hace apreciar mejor las
ventajas
del bien.
Sin las luchas que estimulan las facultades, el Espíritu se
entregaría
a una apatía funesta para su progreso. Las
luchas
contra los elementos
desarrollan
las fuerzas físicas e inteligentes; las luchas contra el mal desenvuelven
las fuerzas morales.