Señales
de los tiempos
1. Los tiempos
señalados por Dios han llegado, nos dicen por doquier, van a cumplir
grandes acontecimientos para la regeneración humana. ¿En qué sentido
debemos entender estas palabras proféticas? Para los incrédulos, carecen
de valor. En su concepto, son sólo la expresión de una creencia pueril
y sin fundamento. Para la mayoría de los creyentes, encierran algo de
místico y sobrenatural que les parece una señal precursora de cambios
en las leyes naturales. Ambas interpretaciones son igualmente erróneas:
la primera, en cuanto implica una negación de la Providencia; la segunda,
en cuanto esas palabras no anuncian una perturbación de las leyes de
la Naturaleza, sino su cumplimiento.
2. Todo es armonía
en la Creación. Todo revela una previsión que no se desmiente ni en
las cosas pequeñas ni en las grandes. En principio, debemos apartar
toda idea caprichosa inconciliable con la sabiduría divina. Y en segundo
término, si nuestra época está marcada por el cumplimiento de ciertas
cosas, es porque tienen su razón de ser en la marcha general del conjunto.
Una vez sentado
este principio, diremos que nuestro planeta, así como todo lo que existe,
está sujeto a la ley del progreso. Progresa físicamente por la transformación
de los elementos que lo componen y, moralmente, por la depuración de
los espíritus encarnados y desencarnados que lo pueblan. Estos dos progresos
se relacionan y avanzan paralelamente, puesto que la perfección de la
habitación está en relación con la del habitante. Físicamente el planeta
sufrió transformaciones, constatadas por la ciencia, que lo hicieron
habitable por seres cada vez más perfeccionados. Moralmente, la Humanidad
progresa por el desarrollo de la inteligencia, el sentido moral y la
dulcificación de las costumbres. Al mismo tiempo que el mejoramiento
del globo se opera bajo el imperio de las fuerzas materiales, los hombres
cooperan mediante el empeño de sus inteligencias: sanean las comarcas
insalubres, vuelven las comunicaciones más fáciles y la tierra más productiva.
Ese doble progreso
se verifica de dos modos: el uno, lento, gradual e insensible. El otro,
caracterizado por cambios más bruscos, con cada uno de los cuales se
opera un movimiento ascensional más rápido que marca con caracteres
ostensibles los períodos progresivos de la Humanidad. Esos movimientos,
subordinados en
los detalles al
libre albedrío de los hombres, son, en cierto modo, fatales en el conjunto,
porque se encuentran sometidos a leyes, como los que se operan en la
germinación, crecimiento y madurez de las plantas. Por ese motivo el
movimiento progresivo es a veces parcial, es decir, limitado a una raza
o nación, y otras es general.
El progreso de
la Humanidad, de acuerdo con lo dicho, se efectúa en virtud de una ley.
Ahora bien, como todas las leyes de la Naturaleza son obra eterna de
la sabiduría y presciencia divinas, todo lo que es afecto de esas leyes
es el resultado de la voluntad de Dios y no de una voluntad accidental
y caprichosa. Es el producto de una voluntad inmutable. Por lo tanto,
desde el momento en que la Humanidad está madura para ascender un grado,
se puede establecer que los tiempos señalados por Dios han llegado,
como se puede decir también que tal estación ha llegado por la madurez
que se observa en los frutos.
3. Porque el movimiento
progresivo de la Humanidad sea inevitable, en razón de que está en la
Naturaleza misma, no se infiere que Dios sea indiferente a él, y que
después de haber establecido leyes haya vuelto a la inactividad, dejando
las cosas seguir su curso por sí solas. Sus leyes son eternas e inmutables,
no hay duda, así como su voluntad también es eterna y constante y su
pensamiento anima todas las cosas sin intermisión. Este pensamiento
divino, que a todo lo penetra, es la fuerza inteligente y permanente
que mantiene en armonía al Universo. Si este pensamiento dejara de actuar
un solo instante, el Cosmos podría compararse a un reloj sin péndulo
regulador. Dios vela constantemente por la ejecución de sus leyes, y
los espíritus, que pueblan el espacio, son sus ministros encargados
de los detalles, conforme con las atribuciones inherentes a su grado
de adelanto.
4. El Universo
es, a la vez, un mecanismo inconmensurable conducido por un número igualmente
inconmensurable de inteligencias, un inmenso reino en el que cada ser
inteligente se encarga de una parte del trabajo bajo la mirada del soberano
señor, cuya voluntad única
preserva
en todos los sitios la unidad.
Todo se mueve con los auspicios de esa gran potencia reguladora, todo
funciona en perfecto orden. Lo que consideramos perturbaciones son movimientos
parciales y aislados, anormales solamente debido a lo limitado de nuestra
visión. Si pudiésemos abarcar el Todo, veríamos que esas irregularidades
sólo lo son en apariencia, ya que armonizan con el conjunto.
5. La Humanidad
ha realizado hasta hoy indiscutibles progresos. Los hombres, gracias
a su inteligencia, han obtenido resultados jamás alcanzados en lo que
respecta a la ciencia, el arte y el bienestar material. Pero les queda
aún por realizar un inmenso progreso: hacer
reinar entre sí la caridad, la fraternidad y la solidaridad para asegurar
el bienestar moral.
No podían lograrlo con sus creencias, ni con sus instituciones vetustas
-vestigios de otra edad-, adecuados a una cierta época, suficientes
para un momento de transición, pero que, habiendo dado ya lo que podían
dar, resultarían hoy una rémora. No es sólo el desarrollo intelectual
lo que el hombre necesita, requiere elevación de sentimientos, lo cual,
para lograrlo, es menester destruir en él todo lo que pueda sobre
excitar
el egoísmo y la soberbia.
Tal es el período
en el que vamos a entrar y que señalará una de las más importantes fases
de la Humanidad. Esta etapa, actualmente en elaboración, es el complemento
necesario del estado precedente, así como la edad viril es el complemento
de la juventud. Podía, por lo tanto, ser prevista y predicha de antemano,
y es esa la razón por la que se dice que los tiempos señalados por Dios
han llegado.
6. En esta ocasión,
no se trata de un cambio parcial, de una renovación circunscrita a una
nación, a un pueblo, a una raza. Se trata de un movimiento universal
que se opera en beneficio del progreso
moral.
Tiende a establecerse un nuevo orden de cosas, y los mismos que a ello
se oponen con más empeño, coadyuvan a él sin saberlo. La generación
futura, libre de las escorias del viejo mundo y formada por elementos
más puros, estará animada por ideas y sentimientos muy diferentes de
los que nutren a la generación actual, que se va a pasos agigantados.
El viejo mundo habrá muerto y vivirá en la historia, como sucede hoy
con la Edad Media y sus costumbres bárbaras e ideas supersticiosas.
En cuanto a los
demás, sabemos que el orden de cosas actual deja aún no poco que desear.
Después de haber agotado, en cierta manera, los mayores logros en cuanto
al bienestar material, producto de la inteligencia, se llega a comprender
que el complemento de ese bienestar sólo puede hallarse en el desarrollo
moral. Cuando más se avanza, más se siente lo que falta, sin poder,
no obstante, definirlo claramente: es el efecto del trabajo íntimo que
se opera para la regeneración. Se tienen deseos y aspiraciones que son
como el presentimiento de un estado mejor.
7. Pero un cambio
tal radical como el que se está elaborando no puede llevarse a cabo
sin perturbaciones. Hay una lucha inevitable en las ideas. Ese conflicto
originará forzosamente perturbaciones temporales, hasta que el terreno
haya sido desbrozado y el equilibrio restablecido. Los graves acontecimientos
anunciados surgirán de esa lucha de ideas y de ningún modo de cataclismos
o catástrofes puramente materiales. Los cataclismos generales eran consecuencia
del estado de formación de la Tierra. Hoy
ya no se agitan las entrañas del globo, sino las de la Humanidad.
8. Aunque la Tierra
ya no debe temer a los cataclismos generales, sigue sometida a revoluciones
periódicas cuyas causas son explicadas, desde el punto de vista científico,
en las siguientes instrucciones dictadas por dos eminentes espíritus:1
“Cada cuerpo celeste,
además de las leyes simples que presiden la división de los días, las
noches y las estaciones, sufre revoluciones que requieren miles de siglos
para su total cumplimiento. Pero, al igual que las revoluciones más
pequeñas, ellos pasan por todos los períodos, desde el nacimiento hasta
el súmmum del efecto, para continuar en un decrecimiento hasta alcanzar
el último límite y recomenzar enseguida a recorrer las mismas fases.
“El hombre sólo
abarca fases de duración relativamente cortas, y de ellas puede constatar
su periodicidad. Pero hay algunas que comprenden a numerosas generaciones
de seres e incluso sucesiones de razas, cuyos efectos, consecuentemente,
presentan para él toda la apariencia de lo nuevo y lo espontáneo, en
tanto que, si su mirada pudiese trasladarse en el tiempo varios miles
de siglos atrás vería, entre sus mismos efectos y causas, una correlación
que ni siquiera imagina. Esos períodos, que confunden a la imaginación
de los humanos por su duración relativamente tan grande son, no obstante,
sólo instantes en la duración eterna.
“En un mismo sistema
planetario todos los cuerpos que lo integran actúan unos sobre otros.
Todas las influencias físicas son solidarias entre sí y no hay un solo
efecto de esos que llamáis grandes perturbaciones que no sea consecuencia
de las influencias de todo ese sistema.
“Iré más lejos
aún: Afirmo que los sistemas planetarios actúan unos sobre otros, en
razón del acercamiento o el alejamiento resultante de sus movimientos
de traslación a través de las miríadas de sistemas que componen nuestra
nebulosa. Me atrevo a ir más lejos aún, diciendo que nuestra nebulosa,
que es como un archipiélago en la inmensidad, poseyendo también su propio
movimiento de traslación, cruza las miríadas de nebulosas y siente la
influencia de aquellas a las que se aproxima.
“Así es como las
nebulosas actúan sobre las nebulosas y los sistemas sobre los sistemas,
al igual que los planetas actúan sobre los planetas y los elementos
de cada planeta actúan los unos sobre los otros, y así sucesivamente
hasta llegar al átomo. En conclusión: las revoluciones parciales o generales
que se producen en los mundos nos parecen ser perturbaciones sólo porque
la brevedad de la vida no nos permite ver más que los efectos parciales.
“La materia orgánica
no escapa a estas influencias. Las perturbaciones que ella sufre pueden,
por lo tanto, alterar el estado físico de los seres vivos y determinar
alguna de
las enfermedades que hacen estragos en las plantas, los animales y los
hombres . Y esas enfermedades, como todas las plagas, son para la inteligencia
humana un estimulante que la induce, por necesidad, a buscar medios
para combatirlas y descubrir, así, las leyes de la Naturaleza a las
que obedecen.
“Pero la materia
orgánica actúa a su vez sobre el espíritu, pues éste, por su contacto
y su unión íntima con los elementos materiales, sufre también influencias
que modifican a sus disposiciones, sin quitarle, no obstante, su libre
albedrío, pero sí apurando o aminorando su actividad y, en consecuencia,
contribuyendo a su desarrollo. La agitación que se manifiesta a veces
en toda una población o entre los hombres de una misma raza, no es algo
fortuito, ni producto de un capricho: se origina en las leyes naturales.
Esta efervescencia, en un comienzo inconsciente, se manifiesta como
un deseo vago, una aspiración indefinida hacia algo mejor, una necesidad
de cambio. Se traduce por una agitación sorda, luego por actos que conducen
a revoluciones sociales, las que, creedlo, tienen también su periodicidad,
como ocurre con las revoluciones físicas, ya que todo se encadena. Si
la visión espiritual no estuviese limitada por el velo de la materia,
veríais esas corrientes fluídicas que, como miles de hilos conductores,
enlazan las cosas de orden espiritual con las de orden material.
1. Resumen de dos comunicaciones recibidas en la Sociedad Parisiense
de Estudios Espiritas y publicadas en la
Revista Espirita
de octubre de 1868. Son el corolario de las dadas por Galileo, insertas
en el cap. VI y al final del cap. IX: “Revoluciones del globo” [N.
de A. Kardec.]
Cataclismos
futuros
11. Las grandes
conmociones terrestres tuvieron lugar cuando la corteza sólida, por
su poco espesor, sólo ofrecía una débil resistencia a la efervescente
de las materias incandescentes de su interior. Fueron disminuyendo la
intensidad y generalidad a medida que la corteza se consolidó. Numerosos
volcanes se hallan en la actualidad apagados y otros se encuentran recubiertos
por terrenos de formación posterior.
4. El desplazamiento gradual de las líneas de igual temperatura, o isotérmicas,
fenómeno reconocido por la ciencia de manera tan positiva como el desplazamiento
del mar, constituye un hecho material en apoyo de esta teoría. [N.
de A. Kardec.]
5. Entre los hechos más recientes que prueban el desplazamiento del
mar, podemos citar los siguientes:
En el golfo de Gascuña, entre el viejo Soulac y la torre de Cordouan,
cuando el mar está calmo, se pueden ver en el fondo del agua los lienzos
de la pared de una muralla: son los restos de la antigua y gran ciudad
de Noviomagus, invadida por el mar en el año 580. El islote de Cordouan,
ligado a ese entonces a la costa, se halla hoy a 12 kilómetros de la
misma.
En el canal de la Mancha, sobre la costa de Havre, el mar gana terreno
al día a día y mina los alcantilados de Sainte-Adresse, que se desmoronan
poco a poco. A dos kilómetros de la costa, entre Saint-Adresse y el
cabo de la Hève, se encuentra el banco del Eclat, en otras épocas al
descubrimiento y unido a tierra firme. Antiguos documentos constatan
que sobre ese emplazamiento, por donde hoy se navega, existía la ciudad
de Saint-Denis-Chef-de-Caux. El mar invadió el lugar en el siglo XIV
y la iglesia desapareció bajo el agua en el año 1378. Se dice que cuando
el tiempo está calmo se ven los restos en el fondo del mar.
Sobre casi toda la extensión del litoral holandés, el mar se retiene
a fuerza de diques, que se rompen de tiempo en tiempo. El antiguo lago
Flevo, reunido al mar en 1225, forma hoy el golfo de Zuyderzée. Esta
irrupción de océano devoró numerosas ciudades.
De acuerdo con esto, el territorio ocupado por París y toda Francia
será un día, nuevamente, invadido por el mar, como ya lo fue varias
veces, según prueban las observaciones geológicas. Las partes montañosas
Indudablemente
podrán producirse
aún perturbaciones locales como consecuencia de erupciones volcánicas,
de apertura de nuevos volcanes y de inundaciones súbitas de ciertas
comarcas, al paso que algunas islas podrán surgir del mar y otras hundirse
en él. Pero el momento de los cataclismos generales, como fueron aquellos
que marcaron los grandes períodos geológicos, pasó ya. La Tierra tomó
un lugar que, sin ser absolutamente invariable, resguardará en adelante
al género humano de las perturbaciones generales,
sin contar las causas desconocidas, extrañas a nuestro mundo que, por
consiguiente, nadie podría prever.
12. En cuanto
a los cometas, hoy nadie teme su influencia, que se sabe más saludable
que perjudicial, ya que su destino parece ser el de aprovisionar a los
mundos -si se puede decir así-, obsequiándoles los principios vitales
que reunieron durante su marcha a través del espacio y en la vecindad
de los soles. Serían más bien fuentes de prosperidad que mensajeros
de desgracias.
En razón de su
naturaleza fluídica, hoy totalmente constatada, (cap. VI, n.º 28 y ss.),
no se puede temer un choque violento, ya que, en el caso de que uno
de ellos se topase con la Tierra, sería esta última la que pasaría a
través del cometa como por entre un manto de neblina.
Su cola tampoco
es temible. No es otra cosa que la reflexión de la luz solar en la inmensa
atmósfera que los circunda, ya que está constantemente dirigida hacia
el lado opuesto al Sol y cambia de dirección de acuerdo con la posición
de ese astro. Esa materia gaseosa podría también, como consecuencia
de la rapidez de su marcha, formar una especie de cabellera como el
surco que deja el barco o el humo de la locomotora. Por otra parte,
numerosos cometas ya se han aproximado a la Tierra sin causar daño alguno.
En razón de sus densidades respectivas, la Tierra ejercería sobre el
cometa una atracción mayor que la del cometa sobre ella. Sólo un resto
de los viejos prejuicios puede inspirar temores sobre su presencia.6
13. Igualmente
es necesario relegar entre las hipótesis quiméricas la posibilidad de
un encuentro de la Tierra con otro planeta. La regularidad e invariabilidad
de las leyes que presiden los movimientos de los cuerpos celestes quitan
toda posibilidad a este encuentro.
Sin embargo, la
Tierra tendrá fin. Pero, ¿cómo? Eso entra en el terreno de las conjeturas.
Mas, como se halla aún lejos de la perfección capaz de alcanzar y de
la vetustez que es signo de declinación, sus habitantes actuales pueden
tranquilizarse sabiendo que no será en su tiempo (cap. VI, n.º 48 y
ss.).
14. Físicamente,
la Tierra sufrió las convulsiones de la infancia. Desde ese momento
en adelante entró en un período de relativa estabilidad: el del progreso
normal, que se cumple por el acontecer regular de los mismos fenómenos
físicos y el concurso inteligente del hombre. Mas se
encuentra aún trabajando para dar vida al progreso moral.
Allí encontraremos los motivos que originarán las peores conmociones.
Hasta
que la Humanidad se perfeccione lo bastante mediante la inteligencia
y la puesta en práctica de las leyes divinas, las mayores perturbaciones
serán producidas por los hombres más que por la Naturaleza, es decir,
que serán morales y sociales antes que físicas.